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MAR DEL PLATA 2021: resumen de la Competencia Argentina de Cortometrajes

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

Este año, la Competencia Argentina de Cortometrajes del Festival de Mar del Plata ofreció un panorama apenas discreto. En los cortos seleccionados, la mayoría de las apuestas formales no pudieron unirse apropiadamente con los aspectos narrativos, aunque hubo algunos hallazgos puntuales.

Arrancamos con El espacio sideral, de Sebastián Schjaer, crónica de un viaje de una joven a Buenos Aires para encontrarse con una amiga, aunque cuando llega no hay rastros de ella. Solo quedan como pistas una carta, un dibujo y una serie de misterios que alternan entre lo astronómico y lo existencial. Hay una suerte de divague constante en la narración, de búsqueda de un propósito para la protagonista, aunque el relato rara vez consigue salir de lo arbitrario.

Similar arbitrariedad muestra Un cráneo, de Mariano Cócolo, que pone en escena dos personas y un cráneo, para luego preguntarse a quién pertenece ese cráneo. El asunto es más una muestra de supuesta astucia e ironía que otra cosa, y no pasa del mero ejercicio formal. Un poco mejor es Fuera del área de cobertura, de Agustina Wetzel, centrada en un caminante que recorre lugares de su ciudad donde todavía no llegaron los rastreadores de Google Maps. La idea tiene su potencial y hay un descubrimiento de lo espacial que no deja de poseer atractivo, pero se extiende demasiado y va perdiendo potencia a medida que pasan los minutos.

En tanto, a Le Vortex Monopolaire, de Luciano Onetti, hay que reconocerle sus apuestas y riesgos, a partir de cómo hace foco en una niña que, después de morir tempranamente, renace en otra existencia y desarrolla una fijación por un nuevo cuerpo. La historia está atravesada por múltiples temáticas -la muerte, lo pasional, lo onírico, lo espiritual-, pero se enreda demasiado en sus formalismos y termina siendo pura superficie.

Algo parecido sucede con Luto, de Pablo Martín Weber, que no deja de tener su dosis de interés a partir de cómo utiliza el trabajo de la fotógrafa Candela Pérez Celayez y la narración oral para hilvanar un conjunto de reflexiones tanto íntimas como sociopolíticas. Es un trabajo ambicioso, al que quizás le faltó ajustar algunas tuercas para ser totalmente logrado.

Algo más efectivo es Érase una vez en Quizca, de Nicolás Torchinsky, que sigue a un viejo campesino que recuerda la muerte en soledad de un amigo y luego a un ritual conjunto para recordar a esa persona que ya no está. El director aborda la anécdota con economía de recursos y logra sacar lo más interesante sin caer en impostaciones.

Posiblemente el corto más logrado haya sido Las máquinas tristes, de Paola Michaels, que muestra varios diálogos existencialistas entre diversos tipos de robots y máquinas, que siempre manifiestan abatimiento, angustia e incertidumbre. Esos entes nos recuerdan un poco a Marvin, el robot maníaco depresivo de Guía del viajero intergaláctico, pero también a los personajes solemnes de ese cine argentino tristón que se convirtió en un lugar común. Lo cierto es que funciona muy bien como comedia sarcástica y su diseño visual es muy atractivo.

Dejamos para el final el que fue consagrado como ganador a la hora de la entrega de los premios oficiales: Engomado, de Toia Bonino y Marcos Joubert, que muestra las grabaciones que hace un preso con el celular que su novia entró de contrabando. El film funciona como un diario clandestino y es ciertamente interesante a partir de cómo nos muestra un ámbito que suele ser silenciado e invisibilizado. Sin embargo, da la impresión de que se llevó el galardón más que nada por sus resonancias sociopolíticas que por sus logros cinematográficos.


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