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El tiempo se detiene

Buena


LA PAUSA ANTES DE LA ACCIÓN

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Después de una pérdida, hay un período donde, tal como dice la obra de Facundo Zilberberg, El tiempo se detiene. Hay un congelamiento, una pausa, una especie de ensimismamiento donde las piezas intentan reacomodarse. Es una etapa de rebalanceo, donde los factores negativos y positivos procuran encontrar un equilibrio, aunque eso no está precisamente garantizado. Un presente donde el pasado cobra una nueva luz mientras el futuro está quizás más difuso que nunca.

La pieza arranca con Ángela, una mujer que sufre de depresión, quien acaba de enterrar a su padre. Junto a ella están sus hijos, quienes deciden quedarse unos días para poder hablar con el psiquiatra de ella y ver si se va a necesitar un acompañante terapéutico para cuidarla. El eje de conflicto está en buena medida ahí, en esa duda que tienen los hijos sobre cómo proseguir, mientras Ángela sostiene con terquedad que puede seguir arreglándoselas sola. Pero en verdad no deja de ser un disparador, porque el interés del relato pasa por analizar ese presente monótono y de espera, de tiempos muertos que anticipan decisiones más relevantes que van a marcarlos a todos.

En el transcurrir de la rutina monocorde, del estiramiento casi moroso de la temporalidad, es donde también asoma la evocación de un pasado idealizado, donde en vez de las prácticas casi automáticas de la adultez, se imponían los rituales y tradiciones de la infancia y la juventud. Claro que ese pasado es también puesto en discusión a partir de las distintas versiones del mismo y sus repeticiones algo gastadas en el presente. Por eso lo lúdico y lo afectivo son como un rompecabezas donde las piezas no terminan de encajar del todo fluidamente, evidenciando que los lazos materno-filiales y de hermandad están intervenidos por el paso del tiempo, la vejez, el cansancio y las responsabilidades. A eso se suma una aparición cuasi fantasmal, que expresa los deseos no concretados, ese pasado que pudo haber sido pero finalmente no fue, condicionando tanto el presente como el futuro.

Quizás la mayor dificultad que afronta El tiempo se detiene forma parte de su misma apuesta, que es la focalizarse en ese transcurrir temporal donde casi todo –hasta los diálogos y la escenificación de la casa donde transcurre el relato- luce cansino y monocorde. Hay pasajes donde la obra entra en un sopor algo perjudicial para lo que pretende contar, como si se contagiara de la falta de certezas de los personajes, aunque a la vez se reivindica desde el rigor y la falta de subrayados de la puesta en escena y las actuaciones.

Los minutos finales de El tiempo se detiene, donde se da un giro algo abrupto pero consistente con lo que les pasa a los protagonistas, son quizás los más potentes de un relato de medio tono, donde las tensiones afloran pero sin conducir a un estallido. Es, claro, ese presente casi congelado, donde la pausa anticipa la acción y lo existencial es también un indicador de ese final concreto que es la muerte.


Dramaturgia: Facundo Zilberberg Actúan: Fernando De Rosa, Mariana Estensoro, Alejandra Flores, Julián Marcove Diseño de vestuario: Analia Morales Diseño de escenografía: Miguel Nigro Diseño de luces: Luciana Giacobbe Diseño sonoro: Damián Ferraro Realización de escenografía: Juan Manuel Aristegui Fotografía: Ariana Caruso Diseño gráfico: Diego Sztajn Asistencia artística: Mariana Barcelo Prensa: Duche&Zarate Producción: Mariana Barcelo Puesta en escena: Mariana Barcelo, Facundo Zilberberg Dirección: Facundo Zilberberg  Duración: 65 minutos Sala: Beckett Teatro (Guardia Vieja 3556, CABA) – Viernes a las 21:00. Hasta el 20 de septiembre.

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