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El vampiro negro (1931)



UNA PELÍCULA PELIGROSA

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

La revista Premiere votó a El vampiro negro (traducción bastante imprecisa para un film al que podríamos conocer como simplemente M) como una de las 25 películas más peligrosas. Fue una decisión acertada: en 1931, Fritz Lang se había dado el lujo de estrenar un film realmente peligroso, no solo para él, el elenco –principalmente el protagonista, Peter Lorre- y el equipo técnico, sino también para los espectadores y el sistema socio-político de la época. De hecho, todavía hoy continúa siendo una obra peligrosa.

Lo es por la incomodidad de su planteo, por cómo es capaz de adoptar distintos puntos de vista y entenderlos sin dejar de cuestionarlos, o más bien problematizarlos. La persecución/búsqueda que despliega El vampiro negro no deja de darle lugar a las diferentes partes involucradas: la policía (desesperada por hallar al culpable de los homicidios de niños), la ciudadanía (con su casi lógica dosis de pánico), el submundo criminal (preocupado por cómo la serie de eventos puede terminar afectando los negocios ilegales) y, finalmente, al propio asesino, con su sed incontrolable de matar pero también el miedo a que lo terminen atrapando. Lang, quizás uno de los cineastas más lúcidos de la historia a la hora de retratar los inconscientes colectivos transformados en acciones palpables –ya lo había demostrado en Metrópolis (1927) y lo volvería a hacer en Furia (1936)-, toma todo ese caldo de cultivo y lo convierte en una narración tan apasionante como polémica.

Siempre se ha analizado a El vampiro negro como una metáfora anticipatoria de lo que iba a venir con el nazismo (o de lo que ya se estaba insinuando a principios de los treinta), y de hecho, en 1934, apenas un año después de la llegada de Hitler al poder, el film fue prohibido en Alemania, casi a la par de los exilios de Lang y Lorre, quienes terminaron trabajando en Hollywood. Pero lo cierto es que la película no solo supo pintar con enorme lucidez el clima de época alemán (y de buena parte de Europa) sino entender cómo operan las mentalidades sociales en momentos de miedo y paranoia frente a lo que se desconoce y no se puede entender.

A la vez, el gesto puntual e inteligente –y no exento de una particular sensibilidad- de darle protagonismo a la mente criminal, a ese ser torturado, culposo, salvaje y escurridizo que es el Hans Beckert encarnado por Lorre, sirvió como trampolín para que Lang desplegara un notable imaginario visual, que incluso supera en lucidez al de Metrópolis a partir de la sutileza con que se construye. El vampiro negro es una pesadilla espacio-temporal, donde la carrera contra el tiempo se da la mano con una mirada retorcida de lo urbano, con la ciudad convertida en un laberinto claustrofóbico y, por momentos, aterrador sin dejar de lado un componente realista, alimentado a su vez por el ojo paranoico de Beckert. Esa ciudad en emergencia, donde cualquiera podía ser el culpable y a la vez nadie lo era, donde la inocencia infantil corría el riesgo de ser corrompida en cada esquina, podía ser Berlín o Munich, pero también París, Londres, Nueva York o, por qué no, Buenos Aires.

A pesar del tiempo transcurrido desde su estreno, El vampiro negro sigue teniendo influencia: de hecho, no se la puede dejar de lado a la hora de pensar y analizar un subgénero como el de los asesinos seriales. Algo de Beckert está presente en el Hannibal Lecter de El silencio de los inocentes, el Francis Dolarhyde de Cazador de hombres o el John Doe de Pecados capitales (por citar apenas un par de ejemplos). Del mismo modo, el imaginario del film circula en las crónicas policiales de décadas posteriores y contemporáneas. Lang no solo había avizorado ese futuro inmediato que era el nazismo -con sus manías persecutorias y sus deseos de alterar preceptos democráticos básicos en pos de impartir sus propias reglas- sino también al Siglo XX y al nuevo milenio, con sus paranoias, sus violencias rutinarias y sus sentidos de justicia por mano propia. En un punto, ya nos estaba diciendo que el monstruo que era Beckert estaba entre nosotros, pero también dentro de nosotros. Y no hay nada más peligroso que darse cuenta de la oscuridad interior.

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