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Recapitulación de Homeland: Enemy of the State

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Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

ATENCIÓN: SPOILERS

Fue un sólido arranque el de esta séptima temporada de Homeland, aunque si se analiza el desarrollo narrativo de Enemy of the State, se verá que fue indudablemente desparejo. Lo que ya queda claro es que, a diferencia de las cuarta y quinta temporadas, donde había cortes claros entre las diferentes entregas a partir de la locación geográfica –una que transcurría en Pakistán, la otra en Alemania-, acá hay una continuidad mucha mayor con la sexta temporada. Y no solo porque los eventos siguen transcurriendo en Estados Unidos (especialmente en Washington DC) sino porque todo sigue focalizándose en las acciones de la presidencia de Elizabeth Keane (Elizabeth Marvel).

No deja de ser llamativo cómo Carrie vuelve a quedar, casi irremediablemente, del lado de los marginados y rebeldes. Siempre hay en ella un coqueteo con los poderes –al fin y al cabo, ha sido formada por las instituciones y su deseo de fondo es trabajar para ellas, y lograr cambios desde ellas-, pero tarde o temprano termina en los márgenes. Y si antes había sido una asesora de Keane, a partir del giro totalitario de la Presidente, Carrie busca detenerla, tratando de conseguir para una comisión encabezada por Senador Sam Paley (Dylan Baker) el testimonio de Dante Allen (Morgan Spector), un agente del FBI, sobre los abusos a las libertades y garantías que se están dando a partir de las detenciones de más de 200 funcionarios que en muchos casos no tuvieron nada que ver con el intento de asesinato a la Presidente.

Es cierto que todas las idas y vueltas que hace Carrie (recurriendo nuevamente a su ya famosa peluca) para armar la reunión entre Paley y Allen introducen un saludable nivel de tensión y paranoia, que recuerda a los mejores momentos de la serie. También que el giro del final de toda esa subtrama –en el que se revela que Carrie engañó a ambas partes, prometiendo cosas que no podía cumplir- es poco serio, por más que sea funcional para explicar que Carrie sigue siendo la misma de siempre. De hecho, el diálogo que tiene con su hermana confirma lo que todos sabemos que es irremediable: a Carrie la define su profesión, lo que va de la mano con sus tendencias autodestructivas pero que también se expanden hacia sus seres queridos. Es en estos aspectos personales donde Homeland se pone un tanto agobiante: por momentos, dan ganas de que Carrie nunca vuelva a su casa y que esté siempre luchando contra conspiraciones y conspiradores.

Claramente, la mejor escena de Enemy of the State la aporta Saul en su única aparición, en el diálogo que tiene con David Wellington (Linus Roache). El funcionario le dice que la Presidente se siente abandonada, vulnerable y sin amigos, a lo cual Saul responde “dígale que lo supere”. Brillante. Y lo que sigue no está nada mal: hay una bella comparación con la Presidencia de Jimmy Carter y luego Wellington pone sobre la mesa la oferta de que Saul le dé apoyo como asesor en Seguridad Nacional. Claro que Saul tiene sus condiciones (no negociables): que además de a él, liberen a todos los demás detenidos en la segunda ola de arrestos, que ya se sabe que son inocentes. Cuando Wellington dice que eso es imposible y que lamenta que ve así el asunto, Saul suelta su segunda frase memorable: “lamento que ella lo vea así. No haré mandados ni montaré excusas para una mujer que no puede superar su propia sed de venganza”.

El diálogo entre Saul y Wellington resume de manera perfecta el contexto que los rodea, explicando incluso el hecho insólito de que hasta tengamos algo de simpatía con un amarillista inmoral como Brett O’Keefe (Jake Weber), ahora convertido en fugitivo; o cómo Keane toma decisiones políticas e institucionales movida por motivos personales. Y el interés se redobla por el posicionamiento político que toma la serie: en un momento donde lo más fácil sería establecer un paralelismo explícito y lineal con la presidencia de Donald Trump (con su problemática relación con los servicios de inteligencia y el periodismo), el espejo que coloca es el de una mujer como Comandante en Jefe, y encima del Partido Demócrata. Es como si Homeland nos estuviera diciendo no solo que con la hipotética presidencia de Hillary Clinton también existía un peligro de quiebre de las reglas democráticas, sino también que ese peligro es permanente porque forma parte de un clima de época.

Mientras tanto, si en Enemy of the State Carrie parecía haber quedado fuera del juego luego del fiasco con Paley y Allen, su acceso al departamento de Wellington a través de unas cámaras que instaló diligentemente su amigo y compañero Max, la vuelven a poner dentro del campo de batalla. Y el asesinato del General McClendon (Robert Knepper), ejecutado de manera clandestina, instala una duda inquietante: ¿la orden partió efectivamente de Keane? ¿O hay alguien más que está moviendo los hilos desde las sombras? Por ahora, el panorama que pinta Homeland es oscuramente orwelliano.

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