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Silencio

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Título original: Silence
Origen: EE.UU. / Taiwán / México
Dirección: Martin Scorsese
Guión: Jay Cocks, Martin Scorsese sobre la novela de Shûsaku Endô
Intérpretes: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Tadanobu Asano, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Shin’ya Tsukamoto, Yoshi Oida, Yôsuke Kubozuka, Kaoru Endô, Diego Calderón, Rafael Kading, Matthew Blake
Fotografía: Rodrigo Prieto
Montaje: Thelma Schoonmaker
Música: Kathryn Kluge, Kim Allen Kluge
Duración: 161 minutos
Año: 2016


8 puntos


EL CINE COMO ACTO DE FE

Por Guillermo Colantonio

(@guillermocola)

Silencio seguramente despierte reacciones encontradas. No es novedad para un director al que se lo suele asociar con la velocidad, esa especie de narración intravenosa que caracteriza principalmente a sus films gangsteriles. Cada vez que ha incursionado en un tipo de cine considerado menor, aparentemente distanciado de ese estilo (La edad de la inocencia, Kundun), las críticas negativas llovieron como flechas. Hoy parece ocurrir algo similar pero sospecho que el fundamento pasa por el tema religioso y por la imposibilidad de tomar distancia acerca de lo que se ve (algunos comentarios apresurados hablan de un tono reaccionario u oscurantista). Esto tal vez sea producto, además, del contexto histórico y del argumento en sí: dos jóvenes misionarios son enviados desde Portugal a Japón para encontrar al padre Ferreira, cuyo paradero es incierto. La llegada ya presagia una larga cadena de obstáculos y tormentos que deberán enfrentar en el país nipón. Hallarán allí la semilla del cristianismo expandida en varias aldeas y sufrirán el acoso inquisidor de las autoridades, dispuestas a ejercer la tortura para erradicar la creencia y convencerlos de convertirse en apóstatas.

Si bien la religión atraviesa toda la filmografía de Scorsese y hace evidente la fascinación del director por la iconografía católica y la liturgia, ya presentes en su primer largo, ¿Quién ha llamado a mi puerta? y llevada al paroxismo en La última tentación de Cristo, en Silencio retoma explícitamente la senda de la fe pero, más que en las parábolas y en los símbolos, en el cine como acto de creación. Aquí está la pasión por este lenguaje pero también su compasión. Scorsese, como pocos, acompaña a los personajes en sus deseos y sus sufrimientos, pero también en las dudas que los sobresaltan. Y esta es una marca particular que excede el rango religioso y que iguala en tanto condición humana al Travis de Taxi Driver como al padre Rodríguez de Silencio. Esto no implica que compartamos como espectadores sus acciones, a veces más cercanas a la neurosis obsesiva, pero sí que podamos entenderlos. La duda es una protagonista más y el martirio un llamado a la compasión. Y no hay forma de que el cuerpo no quede involucrado en esto, un aspecto crucial en la poética del director. El cuerpo como narración, ya sea ultrajado, martirizado, castigado por los excesos o por las faltas. Andrew Garfield (ideal, como Willem Dafoe en su momento, en esa mezcla de fragilidad con raptos de locura) se agiganta en el encuadre y leemos su rostro y compartimos la temporalidad de su sufrimiento, que no es otra que la de esa morosidad cercana al sueño, ligada a un paisaje mental de cavilaciones y sostenida por una tenue voz en off. Rodríguez es un héroe existencial como Travis, sólo que en lugar de la bruma neoyorkina asistimos a la cortina de niebla nipona, un territorio donde el peligro latente se hace sentir.

Y la compasión de Scorsese no significa el apego a un punto de vista ni la obligación de compartir los preceptos cristianos. Es posible que cierta lógica binaria antagónica dentro de los esquemas narrativos clásicos pueda filtrarse en el modo en que se representa a los japoneses, pero hay decisiones que sobrepasan esta dicotomía de buenos y malos. Una se da cuando el inquisidor le plantea una parábola a Rodríguez sobre la insistencia europea de que Japón se someta a sus creencias; la otra, la más importante, es la presencia de Ferreira (Liam Neeson), quien no sólo renunció a la religión cristiana sino que pone en jaque la lógica irracional de una empresa destinada al fracaso y apuesta a un pragmatismo escandaloso. Hay un diálogo notable al respecto que representa el punto culminante de una cadena de dudas diseminadas en la mente del protagonista. ¿Hasta dónde es posible el sufrimiento por un ideal?, ¿cómo puede existir un Dios que permanezca en silencio frente a las atrocidades del mundo? Preguntas que nunca serán exclusivas del catolicismo. Pero también hay breves momentos significativos que complican la empatía con un supuesto punto de vista, en los que la prédica fanática entra en crisis. El primero es doméstico. Los dos padres ingresan a una aldea de fieles. Les ofrecen comida y se arrojan desesperados sobre ella mientras los demás rezan. La cámara (que no sólo describe, sino que escribe) toma el rostro avergonzado de Rodríguez. El segundo se da en una situación de cautiverio. El padre es llevado a un lugar con otros cristianos. Le ofrecen un trozo de pepino como ofrenda. El agradece pero se enfurece al verlos tan tranquilos cuando saben que pueden morir. Es un rapto de locura en el que transfiere un miedo incontrolable. A esta altura, la conclusión parece evidente: el mensaje transmitido es inconmensurable y quienes lo sostienen son superados ante el fanatismo de sus discípulos. Se trata de una razón más para sospechar que la película apuesta por una pedagogía cristiana sin grises. La contradicción que invade a Rodríguez no es una pantalla y roza el delirio místico (nótese la desquiciada escena en la que contempla la imagen de Cristo en el lago). Esta actitud de Scorsese es un gesto que dista de una caterva de realizadores que creen que son cínicos y superiores, situándose por encima de los hombros. La sensación que se transita en la película es que uno se infecta de la experiencia de sus personajes y no se necesita ser un gángster, un neurótico alienado ni un sacerdote para ello. El sacrificio es una cuestión sobrehumana. Y la cámara trabaja para ello, para hacer carne en nosotros la tremenda belleza austera de las imágenes. Pero también el sufrimiento. No hay un héroe scorsesiano que pueda escapar al martirio de mantener una dialéctica interna entre razón y espíritu. Sus recorridos no son épicos y en este sentido la película se despega de una tradición genérica de films religiosos. El tono intimista es funcional al universo que propone la historia, más cercano al silencio que a los gritos urbanos y los tiros de Buenos muchachos o Casino. Hay una encrucijada que Rodríguez debe resolver, un viaje interior entre la duda y la fe. Por ello, al igual que la amplia galería de héroes que pueblan el mundo del director, él está por encima de la historia.

Hay un último aspecto que se vincula con el título escogido para esta reseña. Puede que Scorsese tenga un lindo mambo místico pero es antes que nada un cineasta que pregona el acto de ver y hacer cine como un sacerdote, actitud que tanto deberíamos agradecerle.

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