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Café Society

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Título original: Ídem
Origen: Estados Unidos
Dirección: Woody Allen
Guión: Woody Allen
Intérpretes: Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Blake Livey, Steve Carell, Corey Stoll, Parker Posey, Ken Stott, Jeannie Berlin
Fotografía: Vittorio Storaro
Montaje: Alisa Lepselter
Dirección de arte: Michael E. Goldman, Doug Huszti
Duración: 96 minutos
Año: 2016


8 puntos


EMOCIONES JUSTAS

Por Guillermo Colantonio

(@guillermocola)

cafe_society_tresY al principio fue la palabra. Es sabido que la condición prolífica de Allen como realizador está ligada directamente al valor que le otorga al hecho de contar historias. Cuando se dice que como cineasta es un gran escritor, no debe entenderse en un sentido despectivo. Cada uno de sus films es una puesta en funcionamiento de la máquina narrativa donde se reescriben y se reciclan ideas. Esta no es la excepción. En el comienzo de Café Society, una voz en off (la del director) nos introduce en el lujoso mundo de una fiesta hollywoodense de los años 30 en la que un productor engreído (Steve Carrell) comparte sus tragos con los invitados al mismo tiempo que lanza veinte nombres de estrellas por minuto. La cámara recorre ese mundo de egos empalagosos y comienza a delinear la mirada hedonista hacia un pasado visto a través de ojos curiosos y deslumbrados. El fetichismo queda a salvo gracias a la notable fotografía de Storaro, capaz de iluminar los ambientes de manera tal que se destaque el artificio del glamoroso rincón californiano. Sin embargo, hay otro ambiente. Se trata de la familia del joven protagonista, que vive en una casa donde las penumbras se hacen presentes en medio de un clima alocado en el que el dinero se obtiene por medios gangsteriles. Entonces Bobby (Jesse Eisenberg) cruza al otro lado para pedirle trabajo a su poderoso tío. En toda esta secuencia la narración fluye y su aliento jamás pierde de vista al auditorio. Allen pone en marcha el motor y las historias se materializan casi imperceptiblemente, además de todas las que quedan sin contar. El fuerte es el timing, ese don que poseen los comediantes y el recorrido no es traumático (pese a la pila de cadáveres que desfilan) porque el drama es otro: el amor entre parejas.

Si hay un mandamiento que nunca se cumple en las películas del realizador neoyorkino es “no desearás a la mujer de tu prójimo”. Bobby se enamora de la mujer equivocada, una estupenda Kristen Stewart cuya fotogenia es un honor para los que aman el cine. Como suele ocurrir, los personajes toman decisiones desacertadas, buscan al otro más problemático y suelen sufrir el martirio por no elegir bien. Allen ha desarrollado esta idea desde siempre. Se podría decir que es la gran desgracia desplegada en sus historias; cuando las parejas no apagan el velador y empiezan a hacer preguntas salta la fecha de vencimiento. Pueden ser muy dotados intelectualmente pero torpes con sus emociones. En este caso, la diferencia es que la pareja protagónica no alardea con conocimientos literarios y filosóficos, lo que le otorga una agradable ligereza al film. El alter ego que compone Eisenberg está en el punto exacto y su porte físico es muy similar al Allen de la primera época, el de los shows televisivos. Y Vonnie recuerda a las conflictuadas heroínas que no se resignan a estancarse en un matrimonio estable. Suelen ser más inteligentes que los hombres y Café Society conserva esa visión, aún con la víctima de todo esto, la otra Verónica (la mujer de Bobby que tan bien encarna Blake Lively) que en su ingenuidad no deja de mostrarse auténtica.

El marco genérico es la gran cáscara para esconder detrás del glamour el fracaso amoroso. El final tiene el encanto de esas historias que se cuentan con nostalgia por un paraíso perdido e irrecuperable. Es similar a la mirada que proyecta Allen sobre ese mundo de fantasía que ya fue, una vuelta más al pasado donde ver los ampulosos decorados se transformaba en algo asombroso. Son los ojos del niño de Días de radio (1987) que va por primera vez al cine; es la inocencia de Owen Wilson en Medianoche en París (2011). No obstante, nunca está desprovista de un sesgo de ironía hacia un mundo materialista y de fama efímera que se diluye ante las dificultades emocionales. En el medio, hay parejas que se arman y se desarman con la facilidad de un juego de cartas. Y ese es el tono justo de la película: una mezcla de añoranza con recelo hacia una época que lo dio todo y se hundió como un Titanic. La película se disfruta como un buen whisky hasta el momento en que el trago se acaba. Porque como dice Bobby: “la vida es una comedia escrita por un sádico”.

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