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La leyenda de Tarzán

tarzan1Título original: The Legend of Tarzan
Origen: EE.UU.
Dirección: David Yates
Guión: Adam Cozad, Craig Brewer, Adam Cozad, basados en el personaje creado por Edgar Rice Burroughs
Intérpretes: Alexander Skarsgård, Margot Robbie, Christoph Waltz, Samuel L. Jackson, Djimon Hounsou, John Hurt, Ella Purnell, Cali, Simon Russell Beale, Madeleine Worrall, Laurence Spellman, Lasco Atkins
Fotografía: Henry Braham
Montaje: Mark Day
Música: Rupert Gregson-Williams
Duración: 110 minutos
Año: 2016


5 puntos


HOMBRE MONO A REGLAMENTO

Por Henry Drae

(@henrydrae)

tarzan2¿Existían expectativas por una nueva versión de Tarzán? Teniendo en cuenta los avances técnicos en cuanto a la creación de personajes digitales y lo convincentes que son los nuevos monos y criaturas animadas en pantalla desde el King Kong de Peter Jackson y en las últimas versiones de El planeta de los simios, sonaba tentadora la idea de ver la interacción de estos animalitos virtuales con el humano mejor dotado de la selva y sólo por eso quizás se justificaba una película nueva. ¿Fue la elección del director la más acertada? David Yates viene de dirigir nada menos que cuatro películas de Harry Potter y se encuentra terminando un spin-off del mismo universo, más un abrumador trabajo en series de TV entre rodaje y rodaje. A pesar de eso, más que un director innovador o alguien que aporte algo de aire fresco, Yates resulta un piloto automático, un realizador que hace lo correcto pero tampoco arriesga o deslumbra con su trabajo detrás de cámara. Y dados los resultados, queda expuesto el plan para reflotar un personaje centenario casi a reglamento, cuando probablemente merezca un poco mas de respeto y creatividad.

Pero no podemos avanzar sin hacer un poco de historia; allá por 1912 Edgar Rice Burroughs creaba a John Clayton III, un niño inglés perdido en la selva y criado por monos que una vez adulto se convierte en su líder e imparte justicia protegiendo a los inocentes -sin importar su especie- de la maldad del hombre blanco y de alguna que otra entidad que a veces alcanzaba ribetes sobrenaturales. La historia tuvo tanto éxito en los primeros pulps en los que surgió que luego se trasladó al formato novela hasta llegar a treinta y dos títulos oficiales sin contar las imitaciones y homenajes -como esas novelas de Bomba, el niño de la selva que leía de chico- y ni hablar de su trascendencia luego en comics, seriales de cine, largometrajes y series. A lo largo de su evolución que ya supera el siglo, Tarzán llegó a lucir tantas caras distintas y reversiones que difícilmente provoque hoy las quejas de algún club de fans por falta de fidelidad a sus orígenes, cada vez que se lo recrea.

Y así, a pesar de todo lo expuesto, desde 1984 no hubo un film live action del personaje como aquella digna Greystoke, la leyenda de Tarzán, con Christopher Lambert, estrenada luego de la versión exploitation de John Derek en 1981 con su esposa Bo -ícono sexual de entonces- que tampoco estuvo mal, aunque la intención fuese más la de lucir los atributos de Jane que de John. Finalmente tuvo que pasar más de una década hasta la versión de Disney, sólo para nutrir a la leyenda de mayor colorido y darle acceso al público infantil que terminó apoderándose del personaje como pasa siempre que entra en juego el estudio del ratón. Y probablemente también haya sido ese un motivo más para que los estudios no se hayan tentado con reversionar la historia al ya quedar afianzada en ese multitarget.

Pero entonces llega Yates y nos presenta a este John Clayton totalmente adaptado a la sociedad británica colonial y desposado con su hermosa Jane al que -recursos perezosos de guión mediante- en pocos minutos tendremos saltando de liana en liana en el ambiente que lo vio crecer y con momentos de flashback gracias a los cuales, los desprevenidos que no conozcan el pasado del hombre mono se podrán enterar de los orígenes de esa leyenda como si se tratara de cada película de Batman que sin importar quien la dirija, también apela a ese recurso que subestima tanto al espectador.

El conflicto principal que saca a nuestro héroe de la burguesía y lo traslada a la selva es un tema de trata de esclavos, aunque ya sabemos desde la primera escena que alguien quiere su cabeza con la sola aparición del villano mercenario interpretado por Christoph Waltz -condenado a repetir el mismo personaje desde que Tarantino lo popularizara-. Este Tarzán -en la piel de Alexander Skarsgard-, cambia su taparrabos por unos bonitos pescadores y no sólo usa sus músculos para solucionar problemas, sino que apela a su sagacidad y capacidad de razonamiento, algo que sumado a su look nos recuerda a la versión del mismo personaje que interpretara Ron Ely en la serie de TV, de aspecto mucho más ejecutivo que salvaje. Si a eso le sumamos la presencia de Samuel Jackson como su ladero más citadino y locuaz aún, tenemos por momentos una fórmula buddy movie ecológica. Pero por suerte, al filo de que esto ocurra, irrumpe un puñado de gorilas o de nativos furibundos para recordarnos que no se trata del regreso de Richard Donner con Lanza mortal.

Otra que salva al engendro con luz propia es, una vez más, Margot Robbie, quien da brillo a una Jane que a pesar de tener la mochila de víctima apta para ser rescatada, está lejos de esperar sentada -o encerrada o maniatada- y no se queda quieta un sólo instante. La industria ya tiene claro, luego de varios casos testigo como El lobo de Wall Street o la lista interminable de tráilers de Escuadrón suicida, que esta chica se pone al hombro cualquier proyecto hasta que se termina hablando de ella. No es que se robe la película ni que se haya filmado en función de ella como aquella de Bo Derek que citamos antes, sino que no hay modo de que no destaque.

En definitiva La leyenda de Tarzán no es más que un cuentito menor, con escenas de acción que no impresionan pero entretienen, personajes estereotipados y sin profundidad, criaturas que nunca dejan de ser parte del decorado y un hombre mono que cruza las lianas respetando los semáforos. Que al menos sirva para traer al recuerdo a un personaje que todavía merece una versión digna del cambio de milenio, que no es ésta, claro está.

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