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Los unicornios comen besos


Buena


El amor en tiempos del Asperger

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

unicorniosEl arte y las enfermedades no tienen una buena relación, o es un tipo de relación que está parada sobre límites peligrosos. El riesgo a caer en didactismos o indulgencias está presente siempre, incluso la posibilidad de hacer un show morboso y puramente efectista que busque la empatía con el espectador por medio de lo lacrimógeno y nunca a través del juego intelectual que propone el espacio cinematográfico, teatral o el que sea. Un buen ejemplo de todo lo contrario a esto es Los unicornios comen besos, pieza escrita y dirigida por Virginia Ceratto que indaga en las fronteras del Asperger para ofrecer, antes que nada, la historia de dos hermanos que buscan quererse y que allí en la distancia de la enfermedad encuentran puntos en común.

En Los unicornios comen besos tenemos tres personajes fuertes: dos hermanos, uno de ellos que padece el síndrome de Asperger, y la abuela de ambos. Los padres, ausentes en una ausencia que pesa y duele sobre los protagonistas. Decíamos, tres personajes; triángulo amoroso en un sentido no sexual; triángulo que es también la figura geométrica que centraliza la atención: al medio, dentro del triángulo que se marca en el piso teatral del minimalista escenario, tenemos a Lucio, el padeciente, aquel que se protege hacia adentro. Por fuera del triángulo, su hermano Nando y la abuela dialogan, debaten, arriesgan posibilidades sobre la inexpugnable personalidad del “enfermo”. Ese debate está construido en base a lugares comunes inevitables: la abuela comprensiva, el hermano que demanda. Es un punto de partida necesario para poder meterse luego en los terrenos pantanosos en los que se mete la obra.

Ceratto parece jugar con las expectativas del espectador. Si por un lado apuesta a los estereotipos, luego decide romperlos y construir algo diferente y novedoso en el vínculo que trazan los hermanos -en ese sentido tal vez el personaje de la abuela sea demasiado unidimensional, aunque no deja de ser coherente-. También merodea peligrosamente la idea del “loco” que dice verdades, pero la personalidad de Lucio está tan bien desarrollada desde el texto y la composición de Derek Dawidson que deja de ser arquetipo para convertirse en personaje con dimensiones: hay en él un humor zumbón; se produce una conexión particular cuando su mundo interior se verbaliza y se visualiza, dejando de lado cualquier intento de comprensión emocional y aceptando al “enfermo” como un ser complejo.

Pero si Los unicornios comen besos es una obra mejor, empezando por una puesta que recurre con sapiencia a los flashbacks, es porque sin olvidar el tema que evoca lo que hace es ponerse del lado del que no sufre el Asperger. Aprendiendo la lección de que la falsa humanización de los padecimientos es algo vacuo y simplista, lo que se hace aquí es trabajar el dilema del hermano que no comprende y se siente relegado por eso. Y lo hace a partir de un muy fino trabajo con el lenguaje. Siendo el enfermo Asperger incapaz de interpretar la abstracción de conceptos o la literalidad del lenguaje, la apelación a eufemismos y metáforas en la obra permite ridiculizar su uso y desde el subtexto señalar que en estos asuntos de nada sirve regar el habla de palabras lindas: las cosas son como son. Recién cuando uno decodifica al otro -y se decodifica a uno mismo-, y para eso es necesario llegar al lenguaje en su figura más pura, es cuando puede de alguna forma ingresar al universo del otro. Los unicornios comen besos es en definitiva la historia de amor entre dos hermanos con el Asperger como aparente centro temático, contada con inteligencia y con mucha emoción.


Dramaturgia: Virginia Ceratto. Dirección: Virginia Ceratto. Intérpretes: Amancay Frigerio, Derek Dawidson, Joni Vera, Micaela Raimondo. Escenografía: Alejandra Vilar. Música: Jesi Baker. Sala: Sala B Centro Cultural Osvaldo Soriano (25 de Mayo y Catamarca; Mar del Plata), los miércoles a las 21:15 .

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