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A propósito del trailer de Guardianes de la Galaxia, Ripstein, Cuarón… y Ramis

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

galaxiaLa semana pasada, fue lanzado el primer trailer de Guardianes de la Galaxia, el nuevo film de James Gunn, pero también una de las entregas de la Fase II de Marvel en el terreno cinematográfico. Se ha ido haciendo más evidente que el estudio está tratando de no sólo enfocarse en el terreno más serio de la cuestión de ser superhéroe –esto de las responsabilidades, los costos, las consecuencias, la línea que separa el bien del mal, etcétera, etcétera-, que ya empieza a estar un poco agotada, sino de ir empujando las narraciones hacia un terreno más cercano a la comedia. Tanto en la trilogía de Iron Man, como en Los Vengadores, se ha ido viendo esa construcción, aunque con esta historia de superhéroes parece que la apuesta es mucho más explícita: en Guardianes de la Galaxia parece que lo que menos va a haber es seriedad y sí muchos pero muchos chistes.

No dejó de ser llamativo como las primeras imágenes de la película fueron muy bien recibidas por los fanáticos del cómic original, pero despertó un gran escepticismo entre el público que no conoce el material de origen, que se expresó con frases como “no quiero ver nuevamente Spaceballs”. Traducción: la gente no quiere pagar una entrada para un film de humor en el espacio. No quiere chistes o una apuesta lisa llana a la aventura, porque considera que la comedia o la acción son géneros inferiores. Quiere asistir a un espectáculo “trascendente”. El milenio parece que trajo a toda una generación de espectadores cínicos y posmodernos que no saben y/o no quieren divertirse.

Hay en realidad una gran hipocresía en estas reacciones, porque después, cuando escuchamos a los espectadores hablar de films como Batman: el caballero de la noche, no es para citar las frases más reflexivas sobre el deber, el orden, la construcción de relatos o el caos. No, es para recordar las frases o acciones más piolas del Guasón o las escenas de acción más impactantes. Es el humor, la acción y la aventura lo que recuerdan. Del mismo modo, esta falta de reconocimiento hacia su propia diversión es la que luego les impide darse cuenta de que un film como El origen, detrás de todo su discurso de manual básico sobre los sueños y la culpa, posee todo un esqueleto inseparable del cine de acción. En consecuencia, no deja de ser raro que, por ejemplo, James Bond, en la piel de Daniel Craig, pase de ser una parodia del cine de espías a una repetición del modelo Bourne, porque Hollywood no deja de ser una industria que produce discursos y convenciones, pero también que las reproduce en base a la demanda del cliente. Y ahora ese cliente es alguien tan pero tan aburrido…

 

cuaronEn la misma semana, Arturo Ripstein, poco antes de recibir la Medalla Bellas Artes por su trayectoria, declaró en una entrevista algo que ya venía diciendo de antes, y es que para él, Alfonso Cuarón “ya no es un cineasta mexicano; está fuera, se fue. Hace películas americanas: está nominado por una película gringa. Bien por él, pero se fue. Quiso ver otros horizontes, y lo respeto mucho, pero ya no es un cineasta mexicano: es un cineasta que nació en México”. Hay bastante de cierto en lo que dice Ripstein, que encima se mantuvo coherentemente en el terreno de su país a lo largo de toda su filmografía. Uno ve sus películas y asiste, sin lugar a dudas, a un recorte de la realidad mexicana, para bien y para mal. Cuarón arrancó, con films como Sólo con tu pareja o Y tu mamá también, como un realizador de su país. Pero ya en La princesita y Grandes esperanzas se adivinaba que su intención era ir para otro lado, que se manejaba muy cómodamente dentro del espectro hollywoodense. La tríada conformada por Harry Potter y el prisionero de Azkabán, Niños del hombre y Gravedad (que lo termina de consagrar dentro del ámbito estadounidense y por ende globalmente) lo confirma precisamente como lo define Ripstein: alguien que nació en México pero ya no es mexicano, aún cuando produzca productos destinados esencialmente al mercado latinoamericano, como Rudo y cursi (que no deja de aplicar técnicas de marketing puramente hollywoodenses).

Algo parecido a lo dicho por Ripstein sobre Cuarón se podría aplicar a realizadores como Guillermo Del Toro (concretando sus proyectos soñados, como Hellboy), Fernando Meirelles (ya bastante lejos de los tiempos de Ciudad de Dios), José Padilha (pasando del fascismo incoherente de Tropa de elite al fascismo culposo de RoboCop) o incluso Juan José Campanella (tan preocupado por parecerse a Pixar, recaudar mucha plata y ser nominado al Oscar con Metegol), por nombrar sólo algunos. Son todos directores que, con sus virtudes y defectos, siempre estuvieron pensando en aterrizar en algún momento en Hollywood. Vemos sus primeras obras y ya se podían adivinar esas intenciones y búsquedas, mirando hacia el Norte.

Pero quizás no es tan simple como parece. Quizás Cuarón, Del Toro, Meirelles, Padilha, Campanella y tantos más siguen siendo cineastas latinoamericanos. Al fin y al cabo, el cine latinoamericano (o al menos buena parte de él) se sigue definiendo en base a las pautas formales, narrativas, económicas e ideológicas dictadas desde Estados Unidos. Lo latinoamericano (al menos en su parte más visible y masiva) es más un querer ser (estadounidense) que un ser (esencialmente latinoamericano). El cine de Latinoamérica, el más exitoso e incluso más prestigioso, no termina de tener una identidad propia, sus raíces están pero no están, y todavía sigue siendo un agente reproductor de la visión hollywoodense. La definición de “mexicano”, del mismo modo que la de “brasilero”, “argentino” y finalmente “latinoamericano” aún no han sido redondeadas de una forma verdaderamente sólida e integradora. En consecuencia, Ripsten, mal que le pese, probablemente siga siendo tan mexicano como Cuarón.

 

ramisY ayer nomás, se murió Harold Ramis. Como realizador, tuvo una carrera bastante irregular, pero fue el director de Hechizo en el tiempo, probablemente una de las mejores comedias románticas de los últimos treinta años, una obra maestra absoluta, que encima se pasa a cada rato por televisión, con lo cual siempre aparece la chance de examinar una y otra vez sus inmensas virtudes. Con eso ya le bastaba para anotar su nombre en todos los libros de cine. También dirigió comedias atendibles, aún con sus defectos, como Vacaciones, Analízame, Al diablo con el diablo y La cosecha de hielo. Pero además supo incursionar en la actuación: su papel más recordado es como el Dr. Egon Spengler, uno de Los Cazafantasmas, pero unos cuantos se olvidan de que interpretó al padre de Seth Rogen en Ligeramente embarazada y al Dr. Bettes, quien atendía al hijo de Helen Hunt en Mejor… imposible. En todos sus roles demostró una humanidad y amabilidad, un cariño por lo que estaba haciendo, que podía fácilmente vincularse con la forma en que dirigía. Detrás y delante de cámara, Ramis nos daba la seguridad de estar simplemente ante un buen tipo. Y ese buen tipo se murió. La pucha digo.

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