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MAR DEL PLATA 2011: crónicas fantasmas (6)

Por Daniel Cholakian

Una de las cuestiones claves para nosotros los periodistas es poder seguir alguna sección (ya las competitivas, ya los focos), lo que no siempre es posible tanto por los horarios como por la disponibilidad de entradas. Para ello el festival dispone de una videoteca donde podemos concurrir a ver películas en DVD para completar, aún con las deficiencias razonables que el medio tiene en relación con la pantalla pequeña y el medio reproducido. Lo notable de la videoteca montada para esta edición es que no hay televisores, sino monitores de computadoras normalmente pequeños, unos pobres auriculares de PC. Pero si eso fuera poco, la videoteca, armada con paneles precarios que no llegan al techo, está absolutamente iluminada y como está frente al mar, el ruido que ingresa en la pequeña sala es terrible. O sea una verdadera porquería. El fantasma se pregunta ¿quién fue el encargado de diseñar de tal modo ese espacio que requiere silencio, oscuridad, y las mejores condiciones posibles para la percepción de las películas? El fantasma apreciaría que lo entreguen a la hinchada.

Dos de los focos que presenta esta semana el festival corresponden a países europeos. Ambos, Grecia y Polonia, no son países centrales, y atraviesan momentos diferentes de su vida socio política. Mientras los helenos pasan una de las crisis más importantes de su historia, el país del este, incorporado pocas décadas atrás al capitalismo y con siete años en la Unión Europea, sobrelleva de un modo relativamente calmo la crisis que azota al continente. Dadas las condiciones horarias y de disponibilidad, el fantasma cayó (sentado) en varias funciones de la sección dedicada a la cinematografía de este país, que supo tener una gloria casi olvidada no ya en el trío Wajda, Zanussi, Kielowski, sino en el temible tridente Lato, Szarmach y Gadocha.

¿Con qué se va a encontrar el espectador que se acerque al cine polaco? Lo que hemos visto hasta ahora son películas de factura industrial, construidas clásicamente (Suicide room si bien presenta cruces formales con el videojuego e Internet, esto no altera el modo tradicional del relato que propone) y basadas generalmente en un registro melodramático. Rápidamente podría asimilarse el cine que se presenta por estos días en esta ciudad con el actual cine alemán, algo adocenado, apuntando con un ojo a temáticas “serias” o “políticamente correctas”, mientras con el otro ojo apuntan a la venta de entradas. Lejos de intentos renovadores, el cine polaco imita el estilo mayoritario de la industria de su país vecino. Y en las películas vistas, perfectamente se pueden rastrear la influencia de películas como La vida de los otros o La ola, si no tanto en su argumento, sí en sus intenciones y sus modos de pontificar y simplificar.

En la primera crónica pueden encontrar el comentario sobre Courage. Los mismos conceptos que expusimos respecto de esta podrían aplicarse a The mole y Suicide room. Las historias tienen una línea sostenible, aparecen ideas a desarrollar, pero las películas se pierden en la intención de conformar a un público supuestamente mayoritario, que requiere que toda la fábula le sea explicada y sobre explicada.

En The mole (El topo), un hombre ya mayor trabaja con su hijo. Antiguo líder del sindicato anti comunista Solidaridad, es ahora acusado de haber estado allí como infiltrado de los servicios secretos. Su nuera es hija de un asesinado en un hecho que en el presente es juzgado. El joven hijo del supuesto líder, actual sospechoso de la peor traición, está casado con la hija de las víctimas de aquel “topo”. La lucha entre el amor, la admiración y la necesidad de la verdad es lo que está en pugna en esta historia. Aquel hombre que pudo haber sido un entregador, es también un padre compañero y un abuelo afectuoso. La pregunta sería: ¿qué hacer en el presente con ese pasado? Tal vez en nuestro país esa pregunta ya haya sido hecha y todo indica que la mayoría de la sociedad coincide en una respuesta. En Polonia no todo es tan claro.

Suicide room da cuenta de la historia de un joven en pleno estado de conflicto con su identidad sexual que, no contando con sus padres siempre ocupados en hacer dinero y ganar poder, recurre a un grupo de Internet donde se encuentra contenido. Es en esa “sala del suicidio”, donde queda atrapado. Construida sobre los dos mundos, el real y el virtual, con un trabajo originalmente atractivo de animación, aunque luego se hace reiterado y poco efectivo, la película profundiza lo peor de sí misma, obvia -por momentos casi ridícula-. Producción prolija y “profunda”, Suicide room replica un modelo de producción industrial europeo y como las otras películas reseñadas, no aporta nada a un mundo lleno de películas como esta.

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