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La boticaria

Dramaturgia y dirección: Verónica Mc Loughlin. Intérpretes: Francisco Espinal, Marianela Iglesia, Mauricio Minetti. Escenografía y vestuario: Gerardo Porión. Diseño sonoro y música original: Manuel Toyos. Diseño de luz: Matías Iaccarino y Carolina Rolandi. Producción: Marlene Nördlinger. Asistencia de dirección: Sonia Fricx. Funciones: domingo a las 18:30. Sala: Teatro Anfitrión (Venezuela 3340; Capital Federal).


Muy buena


“Hay cosas que acaban llegando tan tarde”

Por Javier Luzi

Es de noche y hace mucho calor. En el pueblo todo está cerrado y todos duermen. Salvo la boticaria que no puede conciliar el sueño. Asomada al balcón de su cuarto escucha unas voces. Dos hombres (que luego sabremos que son eléctricos de un equipo de filmación y provenientes de la ciudad) arman un plan para ser atendidos por la mujer y luego para entrar en la botica con explícita intención (por lo menos de uno de ellos) de aprovechar la situación, si la ocasión se da. Durante ese corto lapso de tiempo entre ingenuas confesiones, algún licor y un tango danzado entre la boticaria y el joven, algo parece nacer puro e inocente, algo que evita decir su nombre y que por ello pesará más al apagarse la luz final.

La boticaria, basada en el cuento homónimo de Antón Chéjov, recurre lúcidamente (aciertos de su dramaturga y directora Verónica Mc Loughlin) al minimalismo tanto en su dramaturgia como en su puesta, con la austeridad que demuestra el uso de apenas una mesa y una silla en escena y una lograda labor interpretativa a cargo del trío protagónico. Los acertados climas deben parte de su efectividad a un trabajo de iluminación que despliega su inteligente uso y su artística disposición, y al trabajo de la palabra y la voz que aparece como central. Las descripciones características de la literatura realista del siglo XIX se enuncian en la oscuridad más absoluta, lo que activa el campo de la imaginación en el espectador con los mejores resultados.

El texto actualiza el original sin anclarlo en la coyuntura, apropiándose de la sutileza chejoviana, aportando algún toque de humor proveniente del choque de esos dos mundos que se cruzaron sin querer, y acentuando las intenciones de los forasteros (el mayor más evidente, el menor más empujado por el “qué dirán”) en desmedro de la inocencia pueblerina. Para mostrar en el desarrollo cómo se impone la femineidad y el sentimiento por sobre la masculinidad instintiva. Aunque el triunfo final sea del destino que se alza por encima de todo deseo humano.

Quizá se podría objetar la artificialidad de la resolución para sacar de escena un tiempo al hombre mayor y permitir el desarrollo del nódulo central que significa en la obra el dúo imposible de los jóvenes, lo que provoca cierto desbalance y manifiesta cierta funcionalidad de este personaje. Pero más allá de eso abundan los aciertos ya apuntados.

Ecos de alguna Bovary desesperada en su eterno transcurrir sin teleología o de alguna protagonista de Manuel Puig deshojándose en el pueblo chico se dejan traslucir en La boticaria. Delicada, sutil, con la esfumación de ese tiempo nocturnal donde los sueños se mezclan con la realidad y sólo cabe añorar lo que pudo haber sido y no fue.

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