ARTIFICIO Y SOLEMNIDAD
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Recuerdo que, en el momento de sus respectivos estrenos, Street fighter, la última batalla (1994) me pareció una pavada, mientras que Mortal Kombat me pareció buenísima. Pobre de mí, se ve que todavía era muy joven y tenía mucho por aprender, porque evidentemente no entendí la ácida reflexión sobre el artificio y los discursos -desde los totalitarios a los intervencionistas, militaristas y corporativos- del film de Steven E. de Souza. En cambio, me quedé con el apenas correcto y algo envejecido entretenimiento propuesto por la película de Paul W.S. Anderson, un artesano discreto que, en su segundo largometraje, todavía se notaba que estaba aprendiendo a narrar -y la verdad que no aprendió mucho más-.
La Mortal Kombat de 1995 se enfrentaba a un dilema parecido al de casi todas las adaptaciones cinematográficas de videojuegos: tenía una mitología difusa en la cual apoyarse, un lenguaje algo esquivo al cual traducir y fanáticos atentos a cualquier mínimo error. Además, el fracaso estruendoso de Super Mario Bros. (1993) estaba todavía muy fresco. Por eso es un film que va a lo seguro, que trata de llegar a la mayor cantidad de público posible y cuya violencia está ciertamente dosificada. A tal punto que los efectos especiales -de segunda selección ya para la época- cumplían un rol importante para que la puesta en escena pareciera brutal -y hasta coqueteara un poco con el terror en algunas secuencias, como la pelea entre Johnny Cage y Scorpion- sin ser realmente brutal. El artificio estaba ahí, a la vista, pero no como un elemento reflexivo y autoconsciente, sino como parte de la propuesta. El espectador tenía que creer en lo que veía, por más que todo pareciera de cartón corrugado.
De ahí que Mortal Kombat atravesara todos los lugares comunes posibles y conocidos sobre historias de luchadores que tienen que superar traumas personales y unirse como grupo para enfrentar a un enemigo en común. En la película de Anderson podían rastrearse elementos de Karate kid (1984), El gran dragón blanco (1988), Best of the best (1989) y la lista sigue. Además de, claro, la saga de videojuegos, que rápidamente se había convertido en un paradigma ineludible de una violencia cercana a lo realista, y que aportaba un imaginario al cual solo se explotaba de forma limitada. Todo se explicaba, como para que nadie se perdiera -ni los personajes, ni el público-, los dilemas que enfrentaban los protagonistas eran los esperables (desde la venganza hasta la revalidación, pasando por la superación del miedo y el creer en uno mismo), porque, al fin y al cabo, lo que realmente importaba eran las peleas, que se iban sucediendo en piloto automático.
A pesar de que no contaba nada realmente nuevo y que cada plano era una muestra explícita de que la película se inscribía en una segunda línea hollywoodense apenas vistosa, Mortal Kombat quería venderse como seria y trascendente en demasiados pasajes, con algunos diálogos solemnes dignos de mejores causas. Y eso que era muy obvio que no daba para tomársela en serio: al fin y al cabo, teníamos a Christopher Lambert como un improbable Lord Raiden, en una interpretación donde se notaba que el actor tenía claro que todo era un disparate. Eso contrastaba con los intentos (fallidos) de Anderson por meterle épica al asunto y algunas actuaciones -como las de Robin Shou, Bridgett Wilson y Talisa Soto- que estaban en un registro impostado y solemne. Aún así, cumplía con su objetivo de entretener mínimamente y encima contaba a su favor con una canción principal (Techno-Syndrome, interpretado por The Inmortals), que era increíblemente pegadizo.
Lo llamativo es que pasaron más de treinta años, pero las nuevas adaptaciones de Mortal Kombat, por más que cuenten con más y mejores recursos técnicos, tienen las mismas limitaciones narrativas y estéticas que esta primera entrega. No solo eso: también la misma pesadez discursiva y autocomplacencia. Si aceptaran que su universo es un disparate, serían mucho más efectivas y divertidas.
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