Por Patricio Beltrami
NdR: este artículo contiene spoilers.
El quinto capítulo de la segunda temporada de Daredevil: born again tenía todos los números para perderse en su apuesta por lo formal. Sin embargo, el juego entre los flashbacks y la narración del presente transcurrió de manera prolija y, además, logró enriquecer el relato y dar sentido a las acciones y decisiones de algunos personajes. Asimismo, se destacan varias grandes secuencias de drama construidas desde la intimidad, el duelo y la noción de justicia. Escrito por Jesse Wigutow y dirigido por Angela Barnes, The grand design se enfoca en las consecuencias de Gloves off. Tras ordenar a la Fuerza Antivigilantes que detengan vivos a Daredevil/Matt Murdock (Charlie Cox) y Bullseye/Benjamin Poindexter (Wilson Bethel), mientras Kingpin/Wilson Fisk (Vincent D’Onofrio) permanece en el hospital junto a la moribunda Vanessa (Ayelet Zurer). Obsesionado con un extraño sentido de justicia, Murdock pasa la noche al cuidado del malherido asesino de Foggy Nelson (Elden Henson). Mientras que Poindexter está decidido a recibir su castigo tras haber equilibrado la balanza con el ataque a Vanessa, Daredevil desea evitar la venganza del Kingpin contra Bullseye. En medio de la huida, diálogos tensos sobre la justicia, la religión y el heroísmo, tanto bien escritos como ejecutados por Cox y Bethel, enriquecen la narrativa al mismo nivel que las pocas pero logradas secuencias de pelea del episodio. Más allá de las excelentes interpretaciones de Zurer y D’Onofrio, quienes expresan magistralmente la poco explorada fragilidad y humanidad de sus personajes, The grand design presenta una gran subtrama: el viaje de Daniel Blake (Michael Gandolfini) y Buck Cashman (Arty Froushan) con rumbo incierto para el joven funcionario. Entre la incomodidad, ciertos pasajes de comedia y climas de suspenso, la jornada en la carretera progresivamente gana en atractivo e interés, incluyendo guiños a Los Soprano y a Gandolfini padre, situándose a la par de los otros dos arcos. En tanto, The grand design se estructura intercalando el presente con un pasado situado en la previa al Daredevil de Netflix. Con tonos más opacos y algún cambio técnico para emular a las primeras tres temporadas, Daredevil: born again viaja al pasado para relatar tres episodios conectados con el presente: cómo se conocieron Wilson y Vanessa, una lección de piedad y justicia de Foggy a Matt y dónde nace la lealtad incondicional de Buck hacia Fisk. A pesar de que en principio resultaba complejo integrar toda esa información en pantalla, paulatinamente cada historia comienza a tener sentido a través de la cohesión del guion y del progreso narrativo entre pasado y presente. En ese sentido, estos tres episodios no son sólo una excusa para darle un cierre a una gran historia de amor o justificar los regresos de Foggy y James Wesley (Toby Leonard Moore), sino que contribuyen a profundizar la densidad dramática de los personajes y los hechos del presente. No hay mejor manera para entender las raíces de la lealtad de Buck, para justificar que Murdock arriesgue su vida y su noviazgo para salvar a su segundo peor enemigo o para ilustrar cuán tan roto quedará Fisk, totalmente convertido en Kingpin, tras la muerte de Vanessa. De hecho, esa pequeña esperanza que había surgido entre recuerdos y jugo de ananá vuelve más dolorosa a una pérdida que tendrá repercusiones sobre la ya convulsionada Nueva York. Más allá de haber consolidado el alto nivel narrativo que se mantiene desde el tercer episodio de esta segunda temporada, The grand design representa un punto de inflexión para toda la trayectoria de la serie. En ese sentido, el capítulo ha sabido integrar no sólo las narrativas del presente y del pasado, sino que finalmente le brinda cohesión al recorrido de toda la serie (Daredevil y Daredevil: born again) y a sus protagonistas a través de tres arcos magistralmente escritos y perfectamente ejecutados.
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