UN MITO EMPACHADO DE ALCOHOL
Por Guillermo Colantonio
Cuando se estrenó The Doors en 1991, salí del cine bastante malhumorado. Recuerdo haberla conversado con amigos que estaban fascinados. No lograba ponerme en la misma sintonía ni compartir la euforia, aun cuando hubiéramos escuchado esas canciones que tanto nos gustaban. Personalmente no soportaba la mirada hiperbólica de Oliver Stone ni el hecho de que desperdiciara el aporte creativo de Morrison en favor de la máxima tentación en la que incurren las biografías musicales: el culto al reviente. También recuerdo haber leído algunas reseñas. Una en particular ponía en palabras mi bronca. Siempre recordé la sentencia, pero jamás al autor. Hoy, con todas las posibilidades de acceso a aquellas fuentes antes inaccesibles, la encontré. Pertenece al ya fallecido crítico Roger Ebert y dice así: “Ver la película es como estar atrapado en un bar con un borracho insoportable, cuando uno no bebe”. Y justamente eso fue lo que sentí entonces y no porque no tomara alcohol.
Pasaron muchos años y, a raíz de su reestreno, la volví a ver. Intenté despojarme de aquellas sensaciones, pero la cosa no cambió. The Doors es de una torpeza absoluta, regida por el trazo grueso y el psicoanálisis de divulgación. Flaco favor le hace a Jim Morrison, sacrificado a los espectadores como un corderito; al resto de la banda -extraordinarios músicos- los relega a la trillada y ridícula pose de tipos con peluca y nula personalidad. Frente a tal despropósito, lo que queda, lo que permanece, es la configuración de un cuadro de excesos, caprichos y poses, explotando la recurrente línea argumental de ascenso y caída de un pibe que nació como poeta y murió, solo, como una estrella apagada. Si para Morrison no existió nunca la moderación ni el conformismo, el peor pecado de Stone es creer que lo mejor para una biografía es relamerse en cuanta droga o alcohol ingería, potenciar un registro tan sensacionalista como el de las peores revistas de farándula, en lugar de focalizar la parte creativa junto a sus compañeros de ruta. De modo tal que el narcisismo se come la película, y es doble. Para lograrlo, el otro cordero sacrificado es Val Kilmer: un disfraz con diez mil tics pegados y frases hechas sobre qué poronga soy o qué mal me hicieron papá y mamá.
En el plano técnico, la película tampoco logra escapar a esa lógica de exceso que la termina asfixiando. La puesta en escena, cargada de filtros, sobreimpresiones y movimientos de cámara espasmódicos, busca traducir un estado alterado de conciencia que pronto se vuelve mecánico, casi automático. La fotografía y el montaje, lejos de construir una poética, parecen subrayar todo el tiempo lo mismo, como si desconfiaran de la potencia de las imágenes y necesitaran remarcar cada sensación. Incluso las secuencias de recitales-que deberían ser el corazón vibrante- quedan atrapadas en una coreografía ampulosa, más preocupada por la reconstrucción espectacular que por la experiencia musical en sí. Todo suena, todo brilla, todo se mueve, pero pocas veces respira.
Solo un tercio de la película regala alguna luz potente, como ese sol de California. Morrison camina por la playa, escribe, conoce a una chica y planta semillas creativas. Luego, los otros jóvenes de la banda y los primeros ensayos. Rápidamente se pierde todo esto para dar paso a la fiesta interminable, a la borrachera pretenciosa y al modo en que ese joven es transformado por Stone en un ser insoportable. Stone desvirtúa la década de los sesenta, como si fuera alguien que se quedó afuera del goce y se la agarra con el mundo. Kilmer es una especie de espejo distorsionado, una mala versión de los rituales dionisíacos.
Lamentablemente, reencontrarme con la película 35 años después —al menos para mí— fue un funeral doble. En honor a Val Kilmer, veré Top Secret! Mientras tanto, con Jim Morrison seguiremos cantando The Crystal Ship.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

