CINE DE MEDIANOCHE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Ya es harto conocido que el verdadero éxito de The Rocky Horror Picture Show comenzó con las exhibiciones de medianoche: a partir de ahí es cuando encuentra su público (hasta ese momento su desempeño en la taquilla se podía diagnosticar como un completo fracaso) y se va convirtiendo paulatinamente en un clásico de culto. De hecho, pasa a transformarse en un ritual casi de iniciación para muchos espectadores, una experiencia compartida que supo atravesar varias generaciones, oculta y expuesta a la vez. Pero esto, que a esta altura es obvio, apenas un mero dato histórico, estaba en la esencia misma de la película, a la que, viéndola a la distancia, podemos ver casi como predestinada a ese estatus.
Todo en The Rocky Horror Picture Show luce de “de culto”, nocturno, extraño, cercano a lo rupturista, experimental y gritón, pero a la vez como algo de lo que se habla en voz baja. Desde un comienzo cuasi cursi y romanticón, en el que film de Jim Sharman, basado en la obra teatral de Richard O´Brien, coquetea con la comedia romántica, hasta que, tan solo unos minutos después, todo cambia y se establece un giro radical, donde el relato pasa a ser otra cosa. Y pasa a ser algo distinto porque entra en escena el Dr. Frank-N-Furter, a quien Tim Curry interpreta con una vocación por desconcertar, incomodar y fascinar que quizás nunca antes se vio y nunca se volvió a ver. Orgullosamente transformista, ese médico y científico maniático, sexópata, desquiciado, transforma a la película y la película lo transforma a él.
Pero luego la transformación mutua prosigue y se renueva a cada minuto, con lo que la pregunta queda instalada y no termina de responderse. ¿Quién es realmente el Dr. Frank-N-Furter? Podemos verlo como la metáfora de todos nuestros deseos y oscuridades, de las búsquedas de los placeres ocultos, de la encarnación de todo lo que puede incomodar a los sectores conservadores representados por esa pareja de jóvenes interpretados por Susan Sarandon y Barry Bostwick. O también como un monstruo que se devora todo -también a la joven pareja protagónica, a la que en verdad posee sexual y mentalmente-, incluso a sí mismo y su obra. O como apenas una expresión de la personalidad oculta de un actor como Curry, que siempre supo componer personajes resbaladizos, que oscilan entre lo tétrico, lo siniestro, lo hilarante y hasta lo perverso. O simplemente como un envase vacío, en el que uno puede depositar todas las interpretaciones que quiera, y a la vez ninguna.
Por lo que se impone también, con lógica implacable, otro interrogante. ¿Qué es realmente The Rocky Horror Picture Show? Podríamos caratularla como un musical experimental, que toma elementos del cine de terror clásico y los reformula, parodiándolos hasta el extremo y cruzándolos con un sinfín de imaginarios sexuales y sensuales. O como una película que se construye a sí misma desde la búsqueda permanente, desde una dinámica caótica y exuberante, que es por momentos agobiante y a la vez adictiva. O como un film que se la pasa eludiendo interpretaciones, que se escapa constantemente, que se expone y se oculta al mismo tiempo. Una experiencia indescifrable, de todas las épocas y ninguna, y que como es un enigma para el cual hay respuestas infinitas, se puede reproducir como un ritual melancólico y al mismo tiempo contemporáneo. Un evento típico de medianoche, ese momento donde lo prohibido se enlaza con el aprendizaje, con la iniciación hacia lo desconocido y sorprendente.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

