EL JUEGO DEL ASESINATO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
A los 80 años se nos fue Tim Curry, que por desgracia ya estaba retirado hace un rato largo, luego de haber tenido un accidente cerebrovascular en el 2012. Se nos fue un tipo que tenía un rostro que parecía hecho para la maldad pura y al que aprovechó muy bien para esa vertiente -ver, por caso, sus interpretaciones en la primera adaptación de IT o en la subvalorada versión de Los tres mosqueteros de 1993-, pero que también supo moverse en otros territorios con igual nobleza. Es más, antes que nada, Curry era un gran comediante, capaz incluso de sacarle humor a la oscuridad o lo siniestro.
Una muestra de esto es Clue: los siete sospechosos, quizás uno de los primeros casos (si no el primero) donde se adaptó un juego de mesa a la pantalla grande. Y que, aún con sus desniveles, supo llevar el espíritu lúdico a lo que contaba, haciéndose cargo incluso de que parte de su premisa podía tener contactos con otros materiales, como las novelas de Agatha Christie o el cine de Alfred Hitchcock. La premisa es simple: en 1954, en pleno auge del macartismo, seis individuos son invitados de forma anónima a una mansión para una cena, pero cuando el anfitrión es asesinado, se verán obligados a cooperar entre sí para identificar al homicida y sobrevivir a la noche. Más aún porque enseguida al primer asesinato se suma otro y el lugar se revela prontamente como un espacio lleno de recovecos y pasadizos, configurando así un juego macabro donde cualquiera puede ser el culpable. Cualquiera o varios, y por motivos variados, que van del chantaje a cuestiones políticas y/o ideológicas. Pero lo que podía convertirse en una excusa para bajar línea sobre una era de paranoia y persecuciones, se convierte en cambio en una comedia de enredos, manipulaciones, revelaciones, corridas y gritos varios.
Si la película es dirigida por Jonathan Lynn, que luego tendría una carrera despareja, en donde conviviría la excelente Mi primo Vinny (1992) con la aceptable Mi vecino el asesino (2000) y la discreta Wild target (2010), hay un par de nombres que merecen más atención. Ahí estaban John Landis, que en esa década haría grandes comedias como Los hermanos caradura, De mendigo a millonario y Un príncipe en Nueva York, como autor de la historia y productor ejecutivo; y Debra Hill, compañera de andanzas de John Carpenter, como productora. Todos aportaban para un film que no se tomaba en serio a sí mismo, que tardaba unos minutos en arrancar, pero luego iba a mil por hora, y que tomaba elementos de varios géneros (el thriller paranoico, el policial) para pasarlos por el filtro de un tipo de comedia disparatada, que avanzaba a pura ironía, retorcimiento del lenguaje y fisicidad. Y ahí es donde entraba en escena Curry, que en un reparto con integrantes de una segunda línea de Hollywood que era muy rendidora (Christopher Lloyd, Eileen Brennan, Madeline Kahn, Michael McKean), se destacaba en el papel del mayordomo encargado de organizar todo el evento. Particularmente en la media hora final, lo suyo era un sprint físico, gestual y oral digno de aplauso, un transpirar la camiseta para lograr que el espectador disfrutara de un dispositivo autoconsciente, donde la narración se convertía, casi de un instante a otro, en una meta-narración, una lúcida reflexión sobre el arte de contar, de ocultar, de engañar, de descifrar y de todo eso junto.
En el momento de su estreno, Clue: los siete sospechosos fue percibida como una comedia de misterio fallida y fue un fracaso comercial. Recién con el paso del tiempo empezó a ser considerada de manera más elogiosa. Una pena, los espectadores se perdieron una película divertidísima, pero también una actuación estupenda de Curry, un actor que podía ser reptil, temible o divertido, aunque siempre noble y confiable.
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