EL MUNDO EN LLAMAS
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
No vi Terminator 2: el juicio final en cines, pero siempre tuve la sensación de que en realidad sí lo hice. De que fui absorbido, succionado hacia la pantalla grande por su mundo en llamas, donde todo está por explotar o ya explotando. Donde todos están huyendo o persiguiendo, mientras se aproxima el apocalipsis en cámara lenta, como un Big Bang en clave temporal, un evento que se vivió y a la vez no, algo que se siente en la piel y que es también una pesadilla siempre acechando.
Si Terminator 2: el juicio final se siente como cine, aunque se la vea en la pequeña pantalla de un celular, es porque James Cameron siempre tuvo claro que el séptimo arte es un territorio de sueños y pesadillas, de invenciones cuyos únicos límites están puestos por lo que nosotros podemos hacer con el tiempo y el espacio. Por eso en esta secuela todo es invención y si había un mundo ya concreto y establecido en la primera entrega, el cineasta lo que hacía no era solo expandirlo, sino repensarlo y reinventarlo, retorcer lo espacial y lo temporal hasta crear una historia con peso propio, que dialogaba con la mitología anterior aceptándolo y negándola a la vez. El mito se deconstruía para delinear un nuevo mito, evidenciando su propia construcción frente a nuestros ojos, con personajes que debían asumir roles nuevos o hacerse cargo de lo que les esperaba, con una mezcla llamativa de fatalismo y rebelión. De hecho, como bien aseveraron algunos, si uno se pone a pensar la línea temporal de la película, sus causas y consecuencias, se da cuenta que es un quilombo absoluto, pero de eso se trataba el asunto, de hacer estallar todo por los aires.
Por eso es que, si Terminator era una historia de terror y persecución, casi un slasher pasado por el filtro de la ciencia ficción, pero también un drama romántico trágico y al mismo tiempo vital, Terminator 2: el juicio final se permite ir hacia otros lugares genéricos. Es un relato de amistad, entendimiento y aprendizaje, uno donde todos los protagonistas (no solo el T-800 interpretado por Arnold Schwarzenegger) tienen que recuperar su humanidad, reaprender a ser ellos mismos, dejar caer barreras afectivas mientras tratan de dilucidar quiénes son realmente y hacia dónde van. A la vez, un drama materno-filial, de reconciliación y reconocimiento, en el que los actos de soltar, perdonar y aceptar al otro como es pasan a ser decisivos. Y también un film donde la incertidumbre pasa a cumplir un rol ético y moral, un hacerse cargo de cómo hay acciones que pueden tener consecuencias impensadas y que hay una dosis de culpa que es inevitable.
Pero si todo ese entramado narrativo y temático podía haberse convertido en un bodoque solemne y pretencioso -algo que sucede en buena parte de la saga de Matrix, por citar un ejemplo-, Cameron no pierde de vista jamás que el estilo por sí solo no tiene sustancia y que lo importante es contar una historia de la mejor manera posible, con todas las herramientas a disposición. Y si esas herramientas todavía no existen, entonces es cuestión de inventarlas. Es entonces que surge el T-1000, ese exterminador de metal líquido temible e indestructible, una fuente de temores constantes, un ser que no parece tener consciencia moral, o que más bien se entiende a sí mismo como una fuerza inherentemente destructora y que también está siempre reconstruyéndose. Desde ese satélite, ese antagonista perfecto en su falta de culpa, es que Terminator 2: el juicio final avanza a cada minuto, sin parar de inventar y sorprender, incluso sobreponiéndose a una historia que en su totalidad tiene componentes que a su modo no dejan de ser predecibles.
Aunque esa predictibilidad es combatida no solamente por un imaginario tan potente que es capaz de crear un verosímil propio, sino también por un conjunto de personajes realmente irrepetibles, en una época a la vez irrepetible para sus intérpretes. Porque Edward Furlong estaba perfecto como un John Connor que debía crecer a las piñas, Robert Patrick demostraba que lo imperturbable podía ser fascinante y Schwarzenegger repensaba lo heroico en una transformación que también evidenciaba cómo había alcanzado una consciencia total de su estatus de estrella global. Pero la mejor era Linda Hamilton, un ejemplo inmejorable de cómo la feminidad podía ser, expresar y significar desde diversos ángulos. Ella, en el cuerpo de Sarah Connor, era la agente narradora de un mundo en llamas, pero también vivo e incluso inmortal.
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