NO LOS OLVIDAMOS
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
No he necesitado de aniversarios para revivir El club de los cinco: es de esas películas que ya he visto una infinidad de veces, a tal punto que, si la pescaba comenzada en el cable, inmediatamente se veía subyugado por un universo perfectamente reconocible. Tampoco me deprime en modo alguno tomar consciencia de que en febrero de este año fue su 40º aniversario porque, cada vez que la vi, a lo largo de las décadas, siempre sentí lo mismo: que era una película del presente. De cualquier presente: de este 2025, o del 2007, o del 95. Quizás porque anticipó lo que venía, tanto a nivel estético como social y cultural, lo que la hace, aún hoy, una película del futuro.
Recuerdo que en una de esas infinitas veces que la vi, no necesariamente entera, tuve la sensación palpable de que en su relato estaba el germen de Columbine, de ese tiroteo perpetrado por un par de jóvenes estudiantes secundarios contra sus compañeros en una escuela estadounidense. De ese estallido de violencia feroz y casi irracional, que Michael Moore quiso explicar o entender -y lo logró a medias- en el documental Bowling for Columbine, y que sería el primero de muchos, hasta adquirir repetición y sistematización tal que dejó de horrorizarnos y pasó a ser parte del paisaje. Con un planteo mínimo -cinco pibes totalmente distintos entre sí compartiendo unas horas de detención y castigo durante un sábado en la biblioteca escolar-, John Hughes encontraba la forma de indagar en esa oscuridad latente, en los mecanismos de opresión, represión y autoflagelación que cimentaban buena parte de las normas de convivencia formales e informales del ámbito escolar. El club de los cinco es un drama que logra comprimir en un espacio-tiempo muy preciso un conjunto de miserias y prejuicios que interpelan buena parte de la experiencia de cualquier persona que haya atravesado el colegio secundario. No solo en Estados Unidos, sino en cualquier parte.
Pero Andrew (Emilio Estevez), John (Judd Nelson), Claire (Molly Ringwald), Allison (Ally Sheedy) y Brian (Anthony Michael Hall), los integrantes de ese club improvisado de cinco o del desayuno (como en el título original), son, además de representantes de un imaginario inquietante, donde la violencia psicológica o física son la norma dominante, seres luminosos, o por lo menos esperando brillar cuando surge el momento indicado. Por eso El club de los cinco es también una comedia, y una que juega con los estereotipos negativos para sacudirlos y ponerlos en crisis, a través de esos individuos jóvenes que están un poco destinados a encontrarse entre sí para destruir todo constructivamente -valga la contradicción- aunque sea por un rato. La comicidad necesita del caos y eso Hughes lo sabía muy bien: Andrew, John, Claire, Allison y Brian, cada uno a su modo, son agentes anárquicos, capaces de tomar una consigna institucional para crear una institución propia, un refugio grupal contra los horrores que los rodean.
Esa vocación por romper todo, poco a poco, tomando velocidad, Hughes la supo aplicar tanto desde un guión preciso y libre a la vez, que daba vuelta como una media todos los esquemas, como desde una puesta en escena que, sin grandes destellos visuales, pero un trabajo notable desde el montaje, evidenciaba todas las virtudes posibles de sus protagonistas. Especialmente de Nelson, un tipo muy conflictivo, pero que era una bola de energía avasallante y capaz de convertir a su personaje en un ícono. A tal punto que supo construir, con un gesto mínimo pero poderosísimo, toda una declaración de principios: el plano final de El club de los cinco, con el puño en alto de Nelson, no solo era un perfecto gesto de rebeldía, sino también una clausura que era a la vez una apertura. En esa última imagen congelada, también empezaba a consolidarse un subgénero como el estudiantil y nacía una corriente de cineastas que tendrían a Hughes como referente ineludible. Por citar un par de ejemplos, películas como Supercool o Ritmo perfecto no habrían sido posibles sin Hughes y El club de los cinco. La canción de Simple Minds nos decía «no me olvides» y lo cierto es que a Andrew, John, Claire, Allison y Brian es imposible olvidarlos.
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