Título original: Idem // Origen: Argentina // Dirección: José Celestino Campusano // Guión: José Celestino Campusano // Intérpretes: Gustavo Vieyra, Farid Herrera, Chris Alé, Juan Marcos Fernández, Claudio Medina, Darío Laurenzano, Analía Vartolo, Rodolfo Ávalos, Marcos Molina Tabares, Laura Vanesa Masso, Matías Viera, Nahue Mz // Fotografía: Federico Jacobi // Montaje: Horacio Florentín // Música: Claudio Miño // Duración: 89 minutos // Año: 2024 //
7 puntos
LA ÉTICA DEL CRUZADO
Por Guillermo Colantonio
Los primeros quince minutos de Territorio, la última película de José Celestino Campusano, son representativos de un método, de una poética, con sus virtudes y los defectos que se le suelen atribuir. En algún barrio de la periferia de Berazategui se va armando un escenario dramático con un registro sin concesiones, propio de un realismo que sabemos sucio donde los códigos de la marginalidad y de la policía encuentran zonas en común. Un patrullero se acerca a una modesta vivienda. Allí reside Román, el protagonista, al que le avisan que han detenido nuevamente a su hijo por pegarle a su mujer. Los diálogos son directos y manejan la jerga propia de un lugar en el que se sobrevive cotidianamente. La escena posterior nos conduce a un gimnasio donde se practica boxeo. Apenas unos segundos bastan para percatarnos de que prima la explotación hacia los jóvenes que sueñan con un futuro, pero deben conformarse con el sándwich y la coca. Luego, un tercer escenario es el marco que introduce la política, diseminada en todos los rincones de la Argentina. Una casa precaria, a medio terminar, es la sede para promover a un candidato. Entre quienes deben defender la parada antes los contrincantes (los radicales) se encuentra Román, quien se mantiene con este laburito “hasta que la política le dé plata”. En un tramo breve, y con la capacidad de síntesis habitual en el director, tres ámbitos son atravesados por el mismo personaje. El derrotero nos exige un desafío nada fácil: acostumbrarnos a un modo de actuación absolutamente ajeno a los parámetros del cine industrial. A esta altura, una cruzada de Campusano, quien siempre justificó y defendió el trabajo con la mayoría de actores no profesionales. Lo que se pierde en un sentido, se gana con la lente de la cámara y el modo en que sus personajes se agigantan fotogénicamente en pantalla. Román, como el Vikingo, como el Murciélago y tantos otros en su prolífica carrera cinematográfica, asumen una ética cuyos códigos suelen chocar contra inescrupulosos, poderosos y vagos. También con las prácticas de cierta parte de las nuevas generaciones. Por ello andan por el barrio con sentencias que bien podrían dialogar con los consejos de Martín Fierro en el clásico poema de Hernández. Román escucha a su padre y se hace escuchar ante su propio hijo. Al mismo tiempo, entrena pibes y les habla con la experiencia de quien está curtido. No es un santo ni mucho menos, pero la sabiduría es una comida que se cocina a fuego lento.
Como suele ocurrir, los héroes de Campusano también son icónicos. Román porta sus señas particulares: chaqueta de cuero, andar cansino y palabras justas. El paso del tiempo se refleja en su rostro. La relación con su hijo es problemática porque éste es parte de una juventud arrebatada. Una primera mirada a ese universo del Gran Buenos Aires puede confundirse con cierto fetichismo de la marginalidad imperante principalmente en la televisión, sin embargo, en el cine de Campusano es más bien la torpe y violenta exposición de un mundo que se conoce, de sabiduría y códigos populares, puesto en evidencia por quienes lo sobreviven. Lejos está esto, por supuesto, de la estética limonada con jengibre que tan bien parodia Diego Capusotto. El interés de Campusano no es existencialista ni se vincula con la neurosis emocional urbana característica de una generación proveniente de la burguesía media. Lo suyo es concreto: la lucha de los individuos frente a un orden de corrupción que está desparramado en todas las esferas. En esta película, lo político, lo deportivo y lo barrial entran en tensión justamente por el territorio. Y cada ambiente es pesado, como sus mismos protagonistas. Ambientes, incluso, que pueden ser estilizados, con sus colores fuertes, donde quien pela un cuchillo encuentra un chumbo como respuesta. Y donde no se negocia bajo ningún punto de vista el habla, un flujo de puteadas que no responden a ningún paradigma de lo políticamente correcto. El realismo se construye a base de golpes, de boxeo, de violencia de género, de enfrentamientos entre bandas que bancan a políticos. Todo está allí, para tomarlo o dejarlo. Sin embargo, más allá de todo, está el cine. Como pocos, Campusano logra planos/síntesis: con sólo un encuadre integra un mundo, por momentos similar a un Western Urbano; en otros, lidiando con el terror, el que provocan las instituciones ausentes con aviso. Ese fuera de campo es un monstruo grande y pisa fuerte. Lo que vemos es la ley de la selva y el esfuerzo, como el de Román, de sostener algún dejo de honestidad en medio de la podredumbre. La escena final une a tres generaciones y es, acaso, una esperanza.
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