Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Hay una escena en el último capítulo de Cobra Kai donde Daniel LaRusso le dice a Johnny Lawrence, respecto a la saga Rocky, que podrá entender que su amigo prefiera la tercera parte, donde el adversario era Mr. T, pero que a él la más le gusta es la primera, porque en el final, por más que Balboa perdía, tenía a su esposa y sus amigos para apoyarlo, para demostrarle que no estaba solo, aún en la derrota, luego de darlo todo para triunfar. Ese momento referencial podría resumir el posicionamiento de esta última entrega de la serie creada por Josh Heald, Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg: asumirse como una continuación de otra creación, que a su vez dialogaba con otras fuentes de la época, pero no para tirarse a menos, sino para aspirar a más. Si Karate Kid posiblemente no habría existido sin Rocky, Cobra Kai tampoco habría sido posible sin Karate Kid, pero cada una ha tenido su existencia particular, su sello distintivo y su vocación por ser otra cosa, algo diferente a lo que se había visto previamente. El gran logro de estos capítulos finales consistió en no olvidarse de eso, lo que le permitió no solo mantener el nivel de las dos partes previas, sino incluso superarlo y, por ende, despedirse a lo grande. Para alcanzar esa meta, la clave estuvo en recordar -o, más bien, no olvidar- que, al fin y al cabo, el verdadero protagonista, el motor de todos los acontecimientos en una historia coral, siempre fue Lawrence, ese tipo que durante un tiempo supo ser un ganador nato, pero al que las circunstancias llevaron a que se acostumbrara a ser un perdedor, hasta que le apareció, casi de la nada, una segunda oportunidad para redimirse en todo sentido, desde lo profesional hasta lo personal, como maestro, padre y amigo. Por eso es que esta mini-temporada fue un poco la primera parte de Rocky, el entender que se puede ganar en la derrota, y un poco Karate Kid/Miyagi-Do, el saber que uno aprende a pelear precisamente para no pelear. Pero fue, especialmente en los dos últimos episodios, la grasada y la parafernalia de Rocky III, y, más que nunca, puro Cobra Kai, con sus personajes que dan todas las batallas posibles a las piñas, porque ese es el idioma que mejor entienden. Con Tory convenciéndose de que merece ser amada y escuchando el único “te amo” que necesita para patear el trasero de su rival, una verdadera “bitch”; con Miguel volcando en una sola pelea todo lo que aprendió del karate hasta vencer al adversario supuestamente invencible; y con Johnny recordando, en el momento justo, que en el dojo no hay lugar para el dolor, el miedo o la derrota, para así consolidar un legado propio. En la recta final, Cobra Kai hizo lo que mejor sabe: dejarse llevar por el disparate y las vueltas de tuerca de último minuto, creando un verosímil propio repleto de delirio. Y eso le permitió, incluso, darle un cierre coherente (y explosivo) a sus dos grandes villanos, Kreese y Terry Silver: el primero encontrando un asomo de redención después de tomar consciencia de sus actos; y el segundo llevando su apuesta hasta lo último. La gran historia de redenciones y underdogs que superan todas las expectativas que es Cobra Kai nos llevó de las narices hasta la clausura merecida, a ese lugar en el que queríamos ver a sus personajes, jugando siempre al límite, pero con una solidez notable. Y aunque entendemos que la aventura terminó -y no está mal hacerse cargo de eso, de que hay una etapa que termina, como con cualquier final de una gran serie como esta-, también sabemos que Cobra Kai never dies.
-Los cinco episodios de la tercera parte de la sexta temporada de Cobra Kai está disponibles en Netflix.
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