Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
A esta altura del partido, creo que no hay nadie que pueda afirmar que todo lo que vino después de la trilogía inicial de El Señor de los Anillos ha sido de mínima redundante. Eso no ha impedido que la trilogía de El hobbit -que debería haber sido una sola película, pero bueno, ya sabemos cómo es Peter Jackson- haya sido un éxito, que haya nuevos proyectos cinematográficos en camino y que Prime Video se mantenga firme en su objetivo de lanzar cinco temporadas de El Señor de los Anillos: los anillos de poder. Recién van dos y ya estamos un poco cansados, especialmente porque empieza a ser patente la sensación de que a la serie creada por Patrick McKay y John D. Payne le cuesta superar una dificultad que está en su mismo origen. Esta es, que buena parte de lo que cuenta ya tiene un desarrollo y final conocidos a través de explicaciones y/o exposiciones -más o menos explícitas- vertidas por los films de Jackson. Ya pasaba eso en El hobbit y acá está sucediendo lo mismo, pero a la enésima potencia, por más que la serie se esfuerce por aplicar cambios propios, a riesgo incluso de ofender a los defensores -que deben tener mucho tiempo libre- del “canon”. No estamos diciendo algo nuevo: esto ya pasaba en la primera temporada, pero como había algunas revelaciones (como la identidad tras la que se escondía Sauron) con algo de potencia, la atmósfera de predictibilidad se atenuaba. Ahora eso empieza a agotarse y ahí tenemos la subtrama de El Extraño como muestra de estos problemas. Desde que apareció ese anciano interpretado por Daniel Weyman, con aspecto algo decrépito, carácter bondadoso y sin memoria de quién es, pero que posee poderes mágicos a los que poco a poco va recuperando, todos sospechábamos que era Gandalf. Lo sospechábamos porque no había muchas más alternativas. Bueno, en el final de temporada se conoce finalmente que sí, que es Gandalf, y da para preguntarse por qué se necesitaron dos temporadas para informar de un dato bastante obvio. Por el contrario, el recorrido dramático de la joven Galadriel (Morfydd Clark), tratando de detener a Sauron (Charlie Vickers) -con quien tiene un vínculo sentimental bastante ambiguo- y chocando con Adar (Sam Hazeldine), el líder/padre de los Uruk-hai -una figura con indudable aire trágico-, vuelve a ser el aspecto más sólido de la trama central. Aunque claro, los elfos, tan poderosos como fríos, conservan el protagonismo y eso vuelve a atentar contra las posibilidades de empatía con lo que se cuenta. Por eso que la narración busca casi con desesperación apoyarse más en las acciones de enanos y hombres, con resultados dispares: la historia de Isildur, por caso, todavía no tiene la fuerza suficiente, mientras que las intrigas en Khazad Dum lucen un tanto estiradas, a pesar de algunos pasajes -como el despertar del Balrog- con logros visuales considerables. De ahí que lo que se impone es la sensación de que todo es un “grandes éxitos de Tolkien”, una especie de gran repaso enciclopédico por toda la mitología que ha creado. La segunda temporada de El Señor de los Anillos: los anillos de poder no llega a aburrir y tienen algunos momentos potentes, pero ya van dos entregas y la serie aún no posee un sentido propio. Y aún quedan tres temporadas, para bien y para mal.
-Los ocho episodios de la segunda temporada de El Señor de los Anillos: los anillos de poder están disponibles en Prime Video.
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