Por Mex Faliero
Más o menos por los 80’s el sistema de producción de Disney entró en crisis, situación de la que pudo salir (hasta convertirse en el gigante un poco omnipresente que tenemos hoy) gracias a la renovación que significaron sus películas animadas, una etapa que comenzó con La Sirenita y que se extendió durante buena parte de los 90’s con La bella y la bestia, Aladdin, El rey león y otras películas. Claro, con la llegada del digital, del nacimiento de Pixar, la animación tradicional en 2D entró en crisis y se enfrentó a su extinción (de la que pudo salir a medias). Pero más allá de cuestiones técnicas, tecnológicas incluso, hay algo por encima de eso que se corresponde con una forma de narrar y que tiene que ver con el clasicismo. Eso, que había dignificado a Disney durante buena parte de su historia, se perdió, especialmente en sus películas no animadas. Pero esta gente siempre tiene una carta bajo la manga, y podríamos decir que en la segunda década de este siglo encontró un camino posible: tal vez fue Maléfica la película que devolvió al Disney no animado a la centralidad. El diseño es claro: ya no se trata de hacer una nueva versión de La cenicienta o La bella durmiente, se trata de hacer una versión que calque el concepto de las viejas películas animadas de Disney, como si el Tío Walt hubiera inventado aquellas historias y no algún europeo hace varios siglos atrás. Salvo honrosas excepciones (Brad Bird quiso inventar un mundo con Tomorrowland, así le fue), las producciones no animadas de Disney que nos llegan a las pantallas son estos films fantásticos, remedos de cuentos de hada narrados con algo de culpa (los villanos que ya no son tan villanos porque ya no debe haber gente mala en el mundo, y si la hay es porque la hicieron así no por placer; en breve se viene Cruella para aumentar el prontuario), con excesos de CGI y un costo-beneficio que al espectador le resulta razonable. Un gran espectáculo para ver en el cine, aunque no sea más que maquillaje y emoción forzada. De aquellos relatos emotivos en serio, nobles, narrados con artesanía, poco queda. O algo hay, en todo caso si uno cuenta con la plataforma Disney Plus, que parece haberse convertido en el depósito de esas historias que antes eran el sello de Disney y que ahora quedan relegadas a un segundo plano. Por ejemplo ahí podemos ver Togo, una película de 2019 dirigida por Ericson Core y protagonizada por un enorme Willem Dafoe. La película cuenta una travesía real ocurrida en la segunda década del siglo pasado cuando una epidemia de difteria casi mata a todos los niños de un pueblo en Alaska. Togo sigue la tradición de relatos con animales como protagonistas, otro viejo sello de Disney, y es una de las películas más emocionantes y vibrantes surgidas de la escudería en mucho tiempo, narrada con un brío y un timing perfectos. Cuesta entender por qué una película así no fue pensada para el cine y sí llegan a la pantalla grande cosas como Un viaje en el tiempo o El cascanueces y los cuatro reinos, películas pesadas, aburridas, intrascendentes, que no mueven una sola emoción. Signo de los tiempos me dirán y tal vez tengan razón. Como tendré razón en querer bajarme de ese mundo de lágrimas artificiales en CGI que algunos se están empeñando en construir, alejado de las emociones reales y de personajes a los que les pasan cosas. Togo es esa clase de película que Disney ya no sabe hacer y que el cínico público actual ya no puede ni sabe disfrutar.
