EL MÁS MASCULINO DE LOS HOMBRES
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Todavía no vi La Odisea (supongo que en algún momento lo haré), pero estoy bastante seguro de que es algo totalmente diferente a Ulises, la coproducción ítalo-norteamericana de 1954 con Kirk Douglas en el protagónico que también adapta el texto de Homero. Ni mejor, ni peor, diferente. La película de Christopher Nolan debe ser, lo intuyo por diversas referencias y los antecedentes del director, un espectáculo donde lo espectacular -valga la redundancia- está en función de una lectura que alterna entre lo filosófico, lo ético, lo moral y lo política, y en la que la huella de su realizador es ineludible. En cambio, la de Mario Camerini es una aventura hecha y derecha, casi sin pretensiones, por más que en unos cuantos pasajes se deje llevar por la solemnidad.
Convengamos que los primeros de Ulises no dejan buenas sensaciones, a pesar de que hay un riesgo evidente en el sentido de que la gran estrella de la película, Douglas, todavía no aparece en pantalla. Todo se centra en la espera de su esposa, Penélope (Silvana Mangano, en un doble papel, también como Circe), en el asedio de los pretendientes y en la impotencia de su hijo, Telémaco, pero el ruido no está tanto en lo que pasa, en ese aguardar con más convicción que esperanza. Está más en el tono subrayado, casi teatral de los diálogos y monólogos, y en una puesta en escena donde parece importar más el vestuario y la exuberancia de los escenarios que otra cosa. Es cuando finalmente aparece Ulises, y con él Douglas, que el relato despega, no solo porque los espacios, a partir de cómo se sigue su recorrido, se amplían y desde ahí la cámara se permite darle mayor valor al movimiento, a los acontecimientos mitológicos y al accionar de los cuerpos.
El estilo clásico de Douglas, donde se combinan de forma llamativa lo tosco y lo carismático, pasan a inundar la pantalla y desde ahí es que Ulises pasa a priorizar el maravillarse u horrorizarse por todo lo que va sucediendo. También el ir construyendo un héroe claramente imperfecto, que por momentos es entre salvaje y pedante, aunque siempre seductor desde su masculinidad. Y en esto último es donde el film consigue destacarse como una exhibición de cuerpos en pugna, de sucesivos duelos de machos que inflan constantemente el pecho y chocan entre sí. Eso ya se puede ver casi de inmediato en una secuencia de lucha donde las corporalidades de Douglas y su contrincante se entrelazan hasta coquetear con lo sexual. Pero también en cómo el principal antagonista, Antinoo, interpretado por un Anthony Quinn que se hace una fiesta, se pasea con tanta arrogancia como encanto en la pantalla, comportándose con Penélope casi como un pavo real y posicionándose como un espejo oscuro de Ulises.
Aún así, con su predisposición a lo aventurero y a un despliegue sudoroso de la belleza masculina, en un acecho entre juguetón y bestial de las mujeres con las que se cruzan, Ulises no deja de ser un drama que en algunos pasajes roza lo angustioso. Porque no dejamos de estar ante la historia de un hombre tratando de recuperar no solo su memoria, sino también su ser interior, su humanidad, por más que todo el entorno le pida exactamente lo contrario. Allí es donde, con un par de escenas bien construidas, la película deja en claro que todo se trata de un tipo intentando por todos los medios de volver con su esposa, con su hijo, con su perro, aunque para eso deba reafirmar su papel como gobernante y guerrero. Y en eso Douglas, con su rostro fiero y honesto, además de su físico impecable, cumple con creces su cometido.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

