Título original: Idem // Origen: EE.UU. // Dirección: McKenna Harris, Andrew Stanton // Guión: McKenna Harris, Andrew Stanton // Voces originales: Tom Hanks, Tim Allen, Joan Cusack, Conan O’Brien, Scarlett Spears, Greta Lee, Shelby Rabara, Mykal-Michelle Harris, Craig Robinson, Lori Alan, Jay Hernández // Fotografía: Matt Aspbury, Jean-Claude Kalache // Montaje: Jennifer Neysa Jew // Música: Randy Newman // Duración: 102 minutos // Año: 2026 //
7 puntos
CONEXIONES
Por Mex Faliero
Después de una cuarta entrega que parecía el cierre definitivo a la historia del grupo de juguetes, con Woody eligiendo una nueva vida y la troupe como guardiana del destino de Bonnie, la heredera de Andy, finalmente Pixar decidió realizar una nueva entre de Toy Story, abalanzada como está sobre la necesidad de números de taquilla que mejoren la performance de aquellas películas con universos nuevos. Así que entre la necesidad comercial y la espiritual, esta quinta parte de Toy Story llega para mostrar que la vara de la compañía está alta, aunque la película no haga mucho por elevarla. Eso sí, trasciende el mero capricho para demostrar por un lado que la variedad de personajes es tan amplia que puede pensar una historia para cada uno de ellos (y esta funciona claramente como un spin-off con Jesse) y que, incluso, hay todavía tema para abordar en ese mundo de juguetes horrorizados con las probabilidades nefastas que ofrecen los cambios de época. En ese sentido, esta quinta no hace nada por negar que la historia de Woody y Buzz ya está cerrada, sino que busca -de la mano de un experimentado de la compañía como Andrew Stanton- nuevas posibilidades narrativas. Sin maravillar ni alcanzar la cima de otros tiempos, en su algo confuso andar algo de verdad se termina filtrando.
En un tiempo donde la discusión por la discusión misma parece generar placer, Pixar lanzó este año dos películas que apuestan por algún tipo de acuerdo entre las diferencias, que clausuren debates que no llevan a ninguna parte. Tanto Hoppers como Toy Story 5 disponen universos donde los opuestos tienen que encontrar algún tipo de puente que unifique una visión, más allá de las distancias. De manera explícita lo hace Hoppers, entre una joven ambientalista y un alcalde que pretende arrasar una laguna para construir un puente, y de manera velada lo hace Toy Story 5, donde la vaquera Jesse tiene que amigarse con la tecnología, verdadera villana de la historia, para lograr que su querida Bonnie recupere la fantasía y aprenda a hacer amigos. Se podrá hablar de un idealismo un poco ingenuo, pero lo cierto es que ambas películas llegan a resoluciones que no eluden cierto pragmatismo. Lo hace Toy Story 5, cuando finalmente los juguetes, ante la inexorable extinción que supone el avance de la tecnología, entiendan que antes que derrotar al enemigo lo mejor es asociarse y potenciarse.
La palabra clave aquí es conexión. La forma en que Pixar logra conectar una película con otra como armando un universo donde todas estas historias podrían estar sucediendo al mismo tiempo, pero a la vez entendiendo a la falta de conexión entre las personas como uno de los males de estos tiempos. Toy Story 5 exhibe un mundo en el que los juguetes pasan al olvido gracias a la adicción que generan las máquinas, aquí representadas por una tablet con un sistema operativo que es como una red social cuyo objetivo es mantener activo constantemente al usuario: es decir el horro es conectarse… al WiFi. Enfrentándose al olvido, los personajes harán lo que hacen siempre los personajes de las películas de Toy Story: tomar de manera obstinada el toro por las astas y accionar para que el mundo cambie o, si no cambia, por lo menos alcanzar algún tipo de bienestar. Desde la primera entrega que Woody, Buzz y todos los demás se van acomodando a los tiempos, básicamente porque como dice Jesse aquí, es imposible que las cosas no se modifiquen y deben ser fieles al rol que les toca en cada momento. Adaptarse o reventar, aunque nunca perder el norte que significan el juego (hay una gran reflexión sobre lo que separa a play y game aunque parezcan lo mismo). Si bien cuesta ver una película de Toy Story donde Woody y Buzz son meros personajes de reparto (de hecho Woody podría no aparecer y sería lo mismo), lo cierto es que hay conciencia respecto de la progresión de la historia de fondo y esta película es un ejemplo coherente de eso.
Más allá de sus aciertos, lo que diferencia a Toy Story 5 de las películas anteriores de la saga (o incluso de las muy buenas películas de Pixar) es que esta parece más preocupada en decir cosas antes que en contar cosas, con lo cual la aventura y el sentido del humor están puestos al servicio del mensaje y por momentos no lucen efectivos. Por otra parte, se perdió aquí la universalidad de los temas recurrentes de la saga (el miedo a la pérdida, el abandono, el olvido) por una presencia algo molesta de lo contextual: la diferencia entre tradición y modernidad de Toy Story se ejemplificaba de una manera menos atada a su presente, con lo cual la película tiene la atemporalidad de las grandes obras. Cosa que no sucede aquí. Si a esto le sumamos una costosa integración de varias subtramas y algunos problemas en el guion para resolver situaciones sin recurrir a las sobre-explicaciones o a giros forzados, evidentemente estamos ante una película que funciona y termina agradando porque la solidez de su universo es tal, que aún con sus reparos podemos disfrutarla como parte de una tradición que -incluso agotándose- todavía tiene algunos momentos de lucidez para sintetizar un mundo en una imagen, como la de ese árbol que funciona como paraíso perdido de la infancia.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

