–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Cuando nos tocó escribir sobre la primera temporada de Detective Alex Cross, dijimos que era bastante descartable, pero que tenía muchas chances de mejorar en la siguiente entrega. Malas noticias: la segunda temporada no mejora prácticamente nada e incluso lo empeora, haciéndonos preguntar por qué esta producción de Prime Video continúa teniendo bastante éxito entre el público e incluso cierto respaldo de parte de la crítica. Convengamos que el arranque no está tan mal, centrándose en un brutal asesinato, el cual está conectado con una amenaza muy seria hacia un billonario llamado Lance Durand (Matthew Lillard) de imagen impoluta, lo que lleva a que Cross (Aldis Hodge) le sea asignado investigar quién está detrás de esos crímenes y cuáles son sus motivos. A Cross le tocará trabajar nuevamente junto a la agente del FBI Kayla Craig (Alona Tal) y eventualmente descubrirán que esa persona que buscan es una joven (Jeanine Mason) que no está sola y que en verdad es una especie de justiciera cuyo pasado está conectado con acciones más que cuestionables de Durand. Si el misterio inicial sobre las razones y la crueldad desplegada por esa asesina y quienes la ayudan le otorga algo de atractivo a los episodios iniciales, la serie creada por Ben Watkins (y basada en las novelas de James Patterson) descarta pronto esa fortaleza en favor de una narración más preocupada por bajar línea sociopolítica que por otra cosa. Porque es verdad que no es difícil adivinar que Durand quiere barrer la basura que han generado sus negocios debajo de la alfombra -al fin y al cabo, lo interpreta Lillard, alguien especialista en personajes repulsivos y escurridizos-, pero también que en base a esto el relato busca humanizar a una homicida que era mucho más interesante cuando solo era despiadada. A medida que pasan los capítulos, todo es cada vez más forzado y solemne, con una criminal con la que se pretende generar empatía porque bueno, al fin y al cabo sufrió mucho, entonces quizás no está tan mal que se cargue a cuanta persona se cruce en el camino. En el medio, la serie suma varias subtramas más -como el hallazgo de la madre biológica de John Sampson (Isaiah Mustafa), el compañero de Cross- que no conducen a ningún lado y hasta un par de romances con la pretensión de darle más profundidad a los conflictos personales, pero siempre con un nivel de remarcación que hasta genera una risa involuntaria. Por eso todo vuelve a lucir estiradísimo: si la primera temporada tenía ocho episodios pero se podría haber resuelto en seis, acá bastaba con apenas la cuatro o a lo sumo cinco. Paradójicamente, la resolución no decepciona, porque mantiene la arbitrariedad de todo lo visto previamente: no hay creatividad o imaginación, menos aún sorpresa, solo giros que se ven venir a la distancia y una voluntad por el subrayado ideológico digno de mejores causas. De ahí que, a esta altura del partido, sea difícil esperar algún tipo de progreso o reacomodamiento de cara a la tercera temporada: Detective Alex Cross es una serie más preocupada por decirnos cosas superficiales sobre el mundo que por construir algo ligeramente parecido a un thriller.
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