Título original: Power ballad // Origen: Irlanda / EE.UU. // Dirección: John Carney // Guión: John Carney, Peter McDonald // Intérpretes: Paul Rudd, Nick Jonas, Peter McDonald, Rory Keenan, Paul Reid, Keith McErlean, Beth Fallon, Jack Reynor // Fotografía: Yaron Orbach // Montaje: Stephen O´Connell // Música: John Carney, Gary Clark // Duración: 98 minutos // Año: 2026
8 puntos
UNA CONVICCIÓN ANTES QUE UN HIT
Por Guillermo Colantonio
El cine de John Carney se concibe a partir de canciones. Muchas de ellas funcionan como un dispositivo de resistencia ante la precariedad social, la soledad y los problemas familiares. También conforman un reservorio de fantasía porque abren una dimensión impensable en términos de fama, popularidad y mercado. Son ese aliciente que permite acompañar las búsquedas personales, dirimir cuestiones de identidad, siempre con un otro. Pero detrás de las relaciones siempre hay un contexto vulnerable que asoma con pinceladas precisas. Son como grafitis en un muro donde se inscriben condiciones laborales y familiares precarias, aunque a Carney no le interese representar esto con una ética propia del realismo socialista. No es su terreno. Sus personajes se buscan y se encuentran en la experiencia artesanal de la música.
Quienes se descubren azarosamente en Letras robadas son Rick (Paul Rudd), un cantante de bodas, y Danny (Nick Jonas), la estrella de una banda juvenil. Ambos atraviesan un momento crítico, una decadencia que, por supuesto, hay que leer de modos distintos. La de Rick se relaciona con el hombre que ha elegido la familia antes que la fama; la de Danny obedece a las reglas del mercado. De modo tal que esa noche que los congrega resulta decisiva para que puedan verse en espejo. Son dos seres que provienen de universos sociales diferentes. Más allá de esa zona de intersección hay literas precarias donde descansan los otros integrantes de la banda y habitaciones lujosas de hotel. El mundo del trabajo y el mundo del espectáculo. Por un momento congenian. Solo por un momento. Pero es sagrado. Son como una fisura en el sistema. Las películas de Carney contienen ese breve lapso de tiempo en el que se produce la magia, independientemente del derrotero de los personajes. Es un intento por representar una experiencia, esa que te afecta una y otra vez durante muchos años. Esa conexión emocional que se siente en las venas y revive la sensación de volar con aquello que uno escucha es la clave. Las películas funcionan de esa manera porque quizás reavivan ese momento en el que lloraste de amor por alguien, te conmoviste por un gesto o te creíste E.T. volando en bicicleta.
Luego de varios tragos y un porro eterno, Rick le muestra una canción. Pasa un tiempo considerable y Danny no solo se la apropia, sino que la transforma en un hit. How to Write a Song Without You es el centro neurálgico, la power ballad del caso. ¿Cómo se dirime moralmente esto? ¿Qué límites determinan un plagio? ¿Cómo pararse ante la vida cuando se tiene talento y se puede ser un artista? ¿A quiénes pertenecen finalmente las canciones? Son algunas de las preguntas que sobrevuelan una historia entretenida, con sabor agridulce y con el encanto de la música incrustada en la existencia. Mientras tanto, cada personaje se mantiene del otro lado del mostrador. Rick vive en Irlanda y es testigo de cómo le han arrebatado su sueño, pero no es una persona resentida ni reniega de su familia. Solo pide que le crean. Danny podría ser el villano perfecto, pero detrás de la máscara de arrogancia se esconde una fuerte vulnerabilidad. Estos matices enriquecen la mirada sobre los mundos que habitan.
El itinerario de Rick es similar al de otros personajes de Carney (Once, ¿Puede una canción de amor cambiar tu vida?, Sing Street, Flora and Son): son partícipes del cuento de hadas por un rato. De todos modos, más allá de que no alcanzan las estrellas, contribuyen a que la vida sea un poco mejor desde un lugar modesto y creativo, con la satisfacción de haber aportado de manera honesta y artesanal. En la era del cover y de la inmediatez, las canciones son refugios de legitimidad, pequeñas verdades personales. Y el cine de Carney, un posible resguardo de felicidad. Porque de eso se trata la música también: de compartir con alguien una canción, un disco, bailar, soñar, recorrer una ciudad o escapar a otro lugar. Una convicción es preferible a un hit.
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