Por Candelaria Barbeira
La serie The Copenhagen Test se deja ver de corrido porque desde el primer capítulo instala una tensión constante y bastante efectiva. Alexander Hale (Simu Liu), analista de inteligencia se da cuenta de que su cerebro ha sido pirateado, lo que permite a unos hackers desconocidos acceder a todo lo que ve y oye. Atrapado entre la agencia y los hackers, decide actuar con normalidad para intentar descubrir a los culpables. La serie, entre la ciencia ficción y el género de espionaje, presenta una organización llamada “El Orfanato”, encargada de supervisar el trabajo de las diferentes agencias de inteligencia. Entre las interpretaciones, destaca la de Melissa Barrera como versátil espía y sicaria; entre los personajes, quizá el más original, teniendo en cuenta el género, sea el de Samantha Paker (Sinclair Daniel), cuyo trabajo consiste en anticipar las acciones de Hale y guionar su entorno para evitar que devele información comprometedora para la agencia. Cuando comienzan a manifestarse efectos secundarios que no figuran en ningún formulario, The Copenhagen Test encuentra su verdadero ritmo: no el del suspenso clásico, sino el de una acumulación persistente de señales de alerta que empujan a seguir mirando aun cuando resulta evidente que algo va a salir mal. La mejora prometida empieza a revelar su reverso, no como accidente sino como parte del diseño. En ese punto, el relato se abre hacia el pasado del experimento y deja entrever antecedentes poco claros, voluntarios anteriores y decisiones tomadas en nombre del progreso, donde la ética aparece relegada frente a intereses científicos, políticos y económicos. La ciencia, sugiere la serie, nunca avanza sola, sino siempre tomada del brazo del poder y del dinero. Hacia el tramo final, las revelaciones se encadenan, las lealtades se quiebran y las decisiones se vuelven desesperadas. El protagonista ya no busca comprender el sistema sino sobrevivir a él, y queda claro que el verdadero experimento no era tanto biológico como social. El cierre evita cualquier respuesta tranquilizadora y opta por dejar abiertas varias preguntas. No es casual que detrás esté Vincenzo Natali, director de clásicos de la paranoia cerrada y la experimentación biológica como Cube (1997), Cypher (2002) y Splice (2009). Su mirada se reconoce en la forma de convertir espacios limpios y racionales en trampas conceptuales, y en esa idea persistente de que el verdadero experimento no es tecnológico sino humano y social. The Copenhagen Test se inscribe de lleno en el género del biohacking pero, lejos del delirio cyberpunk lleno de neones, se ubica en una línea mucho más clásica y conservadora. Biohackers (2020) puede leerse como un antecedente directo de este subgénero. Sin embargo, allí donde la serie alemana intervenía de manera explícita sobre el cuerpo y la biotecnología, funcionando como una versión universitaria, juvenil y pop del miedo a la reciente tecnología de edición genética CRISPR, The Copenhagen Test aparece como su primo adulto, cansado y peligrosamente verosímil.
NdR: todos los capítulos están disponibles en Prime Video.
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