Título original: The Housemaid // Origen: EE.UU. // Dirección: Paul Feig // Guión: Rebecca Sonnenshine, basada en la novela de Freida McFadden // Intérpretes: Sydney Sweeney, Amanda Seyfried, Peter Colandro, Don DiPetta, Lamar Baucom-Slaughter, Michele Morrone, Brandon Sklenar, Indiana Elle, Sarah Cooper, Kathy Costa McKeown, Ellen Tamaki, Elizabeth Perkins // Fotografía: John Schwartzman // Montaje: Brent White // Música: Theodore Shapiro // Duración: 133 minutos // Año: 2025 //
6 puntos
ENTRE LA PROVOCACIÓN Y EL LUGAR COMÚN
Por Guillermo Colantonio
Lo primero, nobleza obliga, es concederle a La empleada -película recientemente estrenada de Paul Feig, basada en una exitosa novela de Freida McFedden- su desenfado. En su condición de comedia oscura, de thriller patológico, se expresa una voluntad por volver al imaginario de varios exponentes similares de décadas anteriores, aunque con una apuesta más arriesgada y menos temerosa del ridículo. Y si bien, gran parte de la trama puede resultar una excusa para exhibir cuerpos y subir la temperatura de la platea, lo bueno es que no la caretea.
La cuestión doméstica está planteada desde el principio. Una enorme y cómoda casa se anuncia como el escenario dramático de la historia. Toda la suntuosidad que muestra la cámara es demasiado para Millie (Sydney Sweeney), la joven que viene por un trabajo y que vive prácticamente dentro de un auto. La oportunidad es soñada, como si fuera calcada de un cuento de hadas, sobre todo porque debe redimirse luego de una condena que ha cumplido en la cárcel. La entrevista se la hace muy amablemente Nina (Amanda Seyfried). La tarea consiste en ocuparse de las labores de la casa y cuidar de la pequeña Cecelia. Pero como en los relatos tradicionales, las cosas empiezan a mostrar su lado oculto y Nina parece sufrir alteraciones mentales que llevan a Millie a situaciones tortuosas. Quien intenta mediar y ofrecer siempre las disculpas del caso es el marido, Andrew (Brandon Sklenar). A partir de aquí no conviene adelantar nada más, solo destacar una serie de decisiones argumentales que apuntan a modificar el punto de vista con el que seguimos la historia y los personajes.
De lo que sí padece La empleada, más allá de sostener la tensión, jugarse por el erotismo e incorporar zonas admirablemente bizarras, es ciertas fórmulas que ya no permiten distinguir una película de una serie, y lamentablemente toda la fuerza de la primera parte se debilita en la recurrencia de estereotipos y soluciones narrativas cuyo subtexto ideológico vemos de modo incansable y sin ningún tipo de matices en tanto exponentes actuales que se alimentan del misterio como punto de partida. Dicho de otro modo, el relato de empoderamiento femenino -especialmente en su último tramo, cuando las jerarquías se invierten y el control cambia de manos- no es necesariamente una proclama feminista, pero sí de una torpeza tal que vuelve a subestimar las capacidades del espectador por cuanto repite a trazo grueso lo visto en multiplicidad de películas actuales. El punto a favor es que a Feig le interesa más la fantasía catártica del asunto que el discurso político. Esto inclina un poco más la balanza hacia el cine.
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