Título original: Idem // Origen: Noruega // Dirección: Dag Johan Haugerud // Guión: Dag Johan Haugerud // Intérpretes: Jan Gunnar Roise, Thorbjorn Harr, Siri Forberg, Birgitte Larsen, Hadrian Jenum Skaaland, Theo Dahl, Anne Marie Ottersen // Fotografía: Cecilie Semec // Montaje: Jens Christian Fodstad // Música: Peder Kjellsby // Duración: 118 minutos // Año: 2024 //
8 puntos
LA MASCULINIDAD NORUEGA EN DIÁLOGO
Por Candelaria Barbeira
Dag Johan Haugerud (Noruega, 1964) arrancó su carrera cinematográfica con I belong (2012), una ópera prima que lo puso de inmediato en el radar del cine noruego contemporáneo. La película le valió el premio de la Asociación de Críticos de Cine de Noruega y varios premios Amanda -el equivalente local a los grandes galardones industriales- al mejor guion y a la mejor dirección. En 2019 llegó Cuidado con los niños, presentada en el Festival de Venecia, donde Haugerud volvió a insistir en su tema predilecto: las tensiones morales que se esconden detrás de la vida cotidiana. El resultado fue contundente: nueve premios Amanda, incluido el de mejor película. Con Sex (2024), estrenada en la sección Panorama del Festival de Berlín y premiada tanto allí como en Noruega, Haugerud inicia una trilogía que se completa con Love (2024) y Dreams (2024) -esta última, nada menos, ganadora del Oso de Oro- y que confirma que no se trata de un proyecto menor ni improvisado, sino de una apuesta sostenida por pensar el deseo, los vínculos y la identidad en el presente.
Sex es, paradójicamente, la película más hablada y menos erótica del conjunto. Y ahí está la gracia. De hecho, resulta bastante curioso que en algunos sitios de Internet figure clasificada bajo el género “pornografía”: cualquiera que espere algo mínimamente explícito se va a llevar una sorpresa. Acá no hay cuerpos exhibidos ni provocaciones visuales; lo que hay son palabras, dudas y conversaciones interminables. Haugerud no muestra: hace hablar. No excita: incomoda un poco. En Sex, el sexo no es un espectáculo sino un problema, una pregunta insistente que se formula -y se reformula- a lo largo del diálogo.
La historia gira en torno a dos amigos, ambos en matrimonios heterosexuales más bien ordenados y compañeros de trabajo como deshollinadores. Los conocemos casi exclusivamente a través de largas charlas, en las que se va filtrando lo inesperado. En una de ellas, uno confiesa que, por simple curiosidad, tuvo un encuentro sexual ocasional con otro hombre. No se considera gay ni siente que deba cambiar de etiqueta, pero admite que la experiencia fue placentera y, sobre todo, un poco perturbadora. El otro, padre de familia y cristiano devoto, no se queda atrás: relata un sueño recurrente en el que es mirado con deseo como si fuera una mujer. No pasó nada “en la vida real”, pero el sueño alcanza para moverle el piso. En ambos casos, lo que importa no es el hecho en sí, sino lo que ese hecho -o ese sueño- despierta.
A partir de ese intercambio, los dos empiezan a preguntarse, sin grandes crisis ni golpes de efecto, qué entienden por sexualidad, qué lugar ocupa el género en sus vidas y cuán firme es, en realidad, el modelo de masculinidad que creían habitar sin fisuras. Haugerud esquiva con habilidad el conflicto espectacular: no hay escándalos, no hay confesiones catárticas ni decisiones drásticas. Lo que hay es un proceso lento, casi doméstico, de desplazamiento interior. Las cosas cambian, pero lo hacen a una velocidad mínima, como si el pensamiento necesitara tiempo para alcanzarse a sí mismo.
Desde lo formal, Sex funciona como una pieza de cámara. La película se arma con pocas escenas, largas y muy habladas, donde los diálogos tienen un aire teatral deliberado, pero nunca del todo solemne. Al contrario: están cargados de ambivalencia, de vacilaciones y de una frescura reflexiva poco frecuente. El guion es, sin dudas, el gran motor del film. Las conversaciones sobre los vínculos, los mandatos morales, la fidelidad, la infidelidad y la vida conyugal sorprenden por su madurez y su capacidad para pensar sin sentenciar. Nadie da lecciones: todos dudan.
Las actuaciones acompañan ese tono con precisión. Los intérpretes construyen personajes contenidos, vulnerables, atravesados por un humor ácido, con un dejo esnob, que funciona como válvula de escape frente a la incomodidad. Ese humor, discreto pero constante, evita que la película se vuelva pesada o excesivamente grave, y permite que temas potencialmente conflictivos aparezcan sin dramatismo ni bajada de línea.
Para que tanta palabra no termine aplastando la puesta en escena, Haugerud intercala pausas visuales: planos generales de Oslo, muchas veces desde los tejados, que recorren la ciudad con cierta insistencia. Acompañados por una música de tono neutro, estos momentos funcionan como respiros, pero también como pequeñas suspensiones del sentido, reforzando una atmósfera extrañamente apacible. En ese contexto, la reflexión sobre la sexualidad y los vínculos se expande hacia preguntas más amplias sobre la identidad y la mirada ajena, e incluso sobre la diferencia entre lo social y lo público, una distinción que la película no duda en explicitar citando a Hannah Arendt.
Sex no intenta cerrar nada ni ofrecer respuestas tranquilizadoras. Prefiere abrir preguntas, algunas más productivas que otras, algunas que se repiten y otras que quedan flotando sin demasiada explicación. La relación entre los dos amigos no deriva en una historia de amor, sino en una especie de compañerismo frente a emociones nuevas -como esa experiencia inesperada de sentirse deseados- que descolocan a una masculinidad clásica hoy bastante desorientada. No hay ruptura, sino una reconfiguración lenta, incierta y, por momentos, incómoda.
El final, como suele pasar en este tipo de propuestas, divide aguas: para algunos será lo mejor de la película, para otros su punto más débil. En cualquier caso, confirma la apuesta de Haugerud por un cine que prefiere exponer tabúes a plena luz del día, sin escándalo ni provocación fácil. Al concebir la sexualidad como un territorio inestable y siempre en construcción, Sex se inscribe en una tradición de cine que confía más en la conversación que en el impacto, más en la duda que en la certeza, y consolida a Dag Johan Haugerud como una de las voces más interesantes -y menos ruidosas- del cine europeo actual.
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