Título original: Please Don’t Feed the Children // Origen: EE.UU. // Dirección: Destry Allyn Spielberg // Guión: Paul Bertino // Intérpretes: Michelle Dockery, Zoe Colletti, Andrew Liner, Dean Scott Vazquez, Regan Aliyah, Joshuah Melnick, Emma Meisel, Giancarlo Esposito, Vernon Davis, Lilit Grigoryev, Jessica Osbourne, Samantha Erikson // Fotografía: Shane Sigler // Montaje: Todd Sandler // Música: Cornel Wilczek // Duración: 94 minutos // Año: 2024 //
5 puntos
NAPOLITANA SIN AJO
Por Guillermo Colantonio
Hace unos días, luego de la clase de un Taller sobre Film Noir, fuimos con parte del grupo de alumnos a comer pizza. A la hora de hacer el pedido se suscitó una graciosa divergencia. Uno de los comensales sugirió pedir la napolitana sin ajo. La reacción fue inmediata: no existe la napolitana sin ajo. Me acordé inmediatamente de la situación cuando terminé de ver No alimentes a los niños, la habitual cuota fallida de cada semana en cartelera vinculada al terror. Es una napolitana sin ajo, o lo que es igual, salió la masa cruda.
Antes de esbozar cualquier análisis me permito dejar de lado lo que muchos han puesto como juicio a priori en sus críticas, la famosa sentencia comparativa de “al ser la directora la hija de Steven Spielberg, podría haberlo hecho mejor”. Caer en el caldo de cultivo de ese argumento implica condenar de antemano a cualquier pariente de cuanto ser consagrado exista en el planeta. Más allá de la carrera de su padre, Destry Allyn Spielberg se puso detrás de cámaras e intentó una suerte de thriller psicológico que comienza bien pero se pierde progresivamente debido a la ambición de quienes empiezan y quieren decirlo todo o demostrar que vieron mucho antes. Y eso es independiente de que sea la hija de Steven Spielberg, cuya sombra deberíamos correr de este asunto.
La premisa da cuenta de un marco distópico en el que un virus ha diezmado a gran cantidad de personas y se cree que los niños son los principales transmisores. Debido a esto, son perseguidos, confinados y castigados. Por supuesto, hay un grupo que resiste y una heroína que intenta escapar, atravesar la frontera y buscar un nuevo destino. Toda esta primera parte es seductora en el modo en que se ambienta el contexto apocalíptico y, técnica como narrativamente, se sostiene bien. La sensación de colapso y aislamiento se siente en las tripas, acaso condicionada por nuestra reciente pandemia y la paranoia que ello generó. Lo cierto es que el gancho de la banda de jóvenes (de variada procedencia étnica, obviamente) huyendo y sorteando obstáculos funciona y mantiene la tensión. No faltará mucho para que un desvío obligado los conduzca accidentalmente a una casa cuya propietaria los cobije en principio y los confine después. Se trata ni más ni menos que de una versión de Hansel y Gretel metida en un lavarropas. La mujer que acoge a los huérfanos es una especie de bruja contemporánea, gélida, que guarda secretos y tiene a mal traer a la banda. El problema de aquí en adelante es la imposibilidad de resolver una paradoja: el talento de la realizadora para darle un sentido estético a la puesta en escena es inversamente proporcional a su capacidad por asustar. En efecto, varios de los segmentos se encuentran afectados por una atmósfera anticlimática y la ausencia de resoluciones acorde a lo esperable en una película de terror. Esto deriva en una inconsistencia narrativa, en una cadena de decisiones que toman los personajes más asociada a la arbitrariedad, producto del apresuramiento, que a la esperable lógica en la que estábamos inmersos. La adrenalina se desinfla a cada instante. Además, en esa voluntad por citar explícitamente a exponentes canónicos del género (llámese Carrie o El exorcista, por ejemplo) se extravía, gesto pretencioso mediante, la originalidad de la propuesta. En lugar de seguir una línea argumental concentrada en el camino elegido desde el principio, se incurre en una ensalada de referencias genéricas y en alusiones metáforicas que dejan a la película con sabor a nada, como la napolitana sin ajo. Y es preferible tener mal aliento un rato que perder el gusto.
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