Título original: Avatar: Fire and Ash // Origen: EE.UU. / Canadá // Dirección: James Cameron // Guión: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver // Intérpretes: Zoe Saldaña,Sigourney Weaver, Stephen Lang, Oona Chaplin, Cliff Curtis, Britain Dalton, Trinity Bliss, Jack Champion, Bailey Bass y Kate Winslet // Fotografía: Russell Carpenter // Montaje: David Brenner, James Cameron, Nicolas De Toth, Jason Gaudio, John Refoua, Stephen E. Rivkin // Música: Simon Franglen // Duración: 195 minutos // Año: 2025 //
6 puntos
PANDORA Y SUS LÍMITES
Por Mex Faliero
A esta altura conviene entregarse a Avatar. O renunciar. Lo que cada uno guste, porque claramente no modificará el espíritu obsesivo de James Cameron, enfrascado desde hace dos décadas en explorar un universo que promete continuar al menos hasta 2031 con una quinta entrega, y por qué no varios años más si -como dijo el director- se cumple la promesa de completar el arco en una séptima. Suena exagerado, porque el camino de los personajes parece comenzar a agotarse y la capacidad de sorpresa ante las imágenes generadas empieza a atenuar el shock de la sorpresa. Por qué Cameron sigue enfrascado en los misterios de Pandora es algo que tal vez ni él mismo pueda responder, pero lo peor es que a esta altura ni siquiera las películas ofrecen el marco como para ensayar una respuesta. Avatar: fuego y cenizas es sí otro entretenimiento prepotente, ampuloso, magnánimo, con imágenes cada vez más imponentes, pero que abraza y contiene una historia más bien leve que ya se vuelve monótona: la constante escapada hacia adelante de un grupo familiar mixto, con sus debates internos sobre un mundo binario que se extrema entre la respuesta violenta o la respuesta pacífica a los ataques externos. Era sobre lo que versaban las películas anteriores y sobre lo que va, también, esta tercera. Pacifismo vs belicismo. Cameron parece concluir el debate con una máxima: “Está bien ser pacifista, pero tampoco la pavada”.
Claro que hay novedades. Hay una villana, Varang, integrante de una tribu bastante desquiciada, que en su alianza con Quaritch construye alguno de los mejores pasajes de la película. Precisamente en el último acto de El camino del agua entendíamos que parte del viaje que prometía esta tercera entrega era precisamente el arco del villano. Y eso es lo que intenta Fuego y cenizas, que si bien no puede soltar del todo el reiterativo conflicto familiar entre Jake y Neytiri, cuando pone en pantalla a Quaritch con Varang encuentra una suerte de vibración que la mejora, la vuelve menos previsible y pendiente de su diseño visual, incluso le da un erotismo medio grasa que combina con esa música de clase de yoga que inunda el relato. En la villanía sin piedad de ella y en la villanía con dobleces de él, hay un abanico de posibilidades que ponen en tensión el mundo demasiado balanceado de los habitantes de Pandora y su espiritualidad abrumadora, y que incluso dialoga con el mundo exterior. Lo que sí se extraña, sin dudas, con tamaños villanos, es un poco de sangre.
Si la primera película sentó las bases y demostró que Cameron, pasado el éxito de Titanic, podía reinventarse y continuar siendo el rey de Hollywood, la segunda se sostuvo sobre un carácter más expeditivo, el relato sobre el relato, la indagación casi documental del propio desarrollo tecnológico que es a la franquicia. La cámara recorría ese universo inventado y relegaba el avance de la historia para pensarse casi como un film experimental, como una vivencia similar a la que los propios protagonistas tenían al conectarse con la naturaleza. Cameron ha logrado la proeza de edificar una oda la conexión mística del hombre con la naturaleza a partir del film más falso y artificial de la historia, básicamente porque todo lo que vemos -a excepción del plomo Spider, la malvada Admore y alguno más- no existe. Ahora bien, la curiosidad parece haberse agotado en El camino del agua, y Fuego y cenizas viene para intentar recomponer el fuego sagrado del Cameron narrador. Película de 195 minutos, Fuego y cenizas es una estructura mastodóntica como esas casi ballenas que aparecen por ahí -y que tendrán un rol fundamental en el desenlace-, a la que le cuesta ponerse en movimiento un largo rato, y que cuando lo hace juega a amontonar clímax, escapadas de último momento, repitiendo la estructura varias veces y continuando la fórmula de El camino del agua. Si bien es evidente que Fuego y cenizas tiene algo más de movimiento y se piensa en función de sus giros dramáticos, lo cierto es que llega un momento en que ya nada impacta y se vuelve demasiado normalizado: la belleza de las imágenes, la conexión con la naturaleza, las capturas y las huidas, los dilemas existenciales; todo huele a ya visto (incluso las secuencias de batallas se parecen a secuencias de batallas de las anteriores). Y como Cameron no plantea ninguna aventura nueva dentro de la aventura central, y los personajes siguen escapando de lo mismo, Fuego y cenizas es un poquito irrelevante. O la parte del medio de una saga que se está esforzando demasiado para llegar a su resolución.
Pero tal vez lo peor que le ha pasado a Cameron con las películas de Avatar es que se nos agotó a nosotros mismos la materia sobre la que discutimos la franquicia. La relación con los padres fundadores del cine, su mirada sobre la naturaleza y la espiritualidad, sus ideas sobre las reformulación de la sociedad en torno al mestizaje, la innovación de las imágenes e incluso su deconstrucción del blockbuster de acción, son temas que ya hemos abordado anteriormente, y que volver sobre ellos cuando no se dice nada nuevo sería antojadizo. A Fuego y cenizas sólo la podemos sostener por sus contados momentos de real vibración, de inventiva visual que, también, comienzan a encontrar un límite.
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1 comentario en «Avatar: fuego y cenizas»
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