Por Mex Faliero
Si bien en su ópera prima Cara de queso ya se filtraban elementos políticos que funcionaban como telón de fondo del retrato de una época (justamente, los 90’s), Ariel Winograd llegó recién con El robo del siglo a pensar maneras de registrar lo real con un grado evidente de ficción. En aquella película, los elementos de las heist movies se aplicaban perfectamente a esa relectura de un hecho verídico, que sería una suerte de rediseño de su carrera: no solamente porque a partir de ahí se vería seducido por lo biográfico, sino porque además se metería de lleno en el universo de las series y volvería una y otra vez sobre una época, los 80’s y los 90’s. Primero fue con Coppola, el representante y ahora con Menem, una suerte de farsa trágica sobre el poder y sobre una figura tan particular como el ex presidente Carlos Saúl Menem y esa década en la que el país vivió un cambio rotundo, para bien o para mal. Si como decíamos, en El robo del siglo los elementos del policial le sirven para evitar los discursos durante buena parte de la película, en Coppola, el representante se aplica una buena dosis de estética televisiva para darle un aire kitsch al universo del personaje. Aquella producción, que resultó una verdadera sorpresa, sirve como superficie desde la que Menem se piensa, como si conviviera en un mismo universo. Es decir, como si fuera el cine de Oliver Stone de los 90’s, Menem abunda en recursos audiovisuales que terminan generando un caos visual un poco molesto, mucho más que algunos elementos parecen sobras de Coppola, el representante. Está claro que a Winograd no le interesa la biografía lineal y verista, y eso es algo absolutamente aceptable, pero entre los constantes cambios de registro, formato de pantalla y textura, la histeria cronológica de contar hechos sin un norte demasiado claro y saltando de aquí para allá, las actuaciones que no pueden escapar de la caricatura y una indefinición en la mirada sobre el personaje, al que sobre el final se le busca inventar un tono trágico, totalmente opuesto a lo que Menem reflejó toda su vida, hacen de esta serie una aproximación más efectista que efectiva, pirotécnica, pero sin la potencia que la buena sátira tiene. No deja de ser curioso que si muchas de las comedias de Winograd podían relacionarse con la comedia norteamericana del nuevo siglo, el director parece seguir el camino de Adam McKay, que pasó de El reportero a Vice. Si uno piensa en algunos recursos utilizados en Menem, sin dudas que hay un espejo ahí en la obra de McKay donde verse, tanto en lo bueno como en lo malo. Pensada más en el espectador que busca el morbo de ver qué pasó en el detrás de escena de aquellos años, que del que quiere reflexionar sobre una época, la serie incluso cae en algunos reduccionismo y simplificaciones que impiden tomarla demasiado en serio.
NdR: los seis episodios de la primera temporada de Menem están disponibles en Prime Video.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

