–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
La quinta y última temporada de El Oso fue quizás la mejor de toda la serie. O quizás la más pareja en un nivel altísimo, reuniendo las virtudes -y prácticamente ningún defecto- de las dos primeras entregas. Hay varias razones de importancia diversa que explican este resultado. Primero, la estructura narrativa: siete de los ocho episodios transcurren durante un mismo día en el restaurante, en el que surgen todas las dificultades posibles para el servicio y, por ende, se ponen en juego las tensiones personales que se venían acumulando previamente, con la amenaza del cierre como telón de fondo. Segundo, si siempre se discutió si estábamos ante un drama o una comedia, el tono que se maneja en esta temporada la inclina para lo segundo, con una puesta en escena que no abandona para nada lo dramático, pero que le da mucho más espacio a la comicidad física y cultural. Tercero, y relacionado con lo anterior, hay una voluntad del creador Christopher Storer, luego de hacerle pasar a los Berzatto y amigos todas las desgracias y conflictos internos posibles, de otorgarles la chance de triunfo y redención que tanto se merecían. Por eso esta temporada es la más enquilombada, acelerada y vital, la más divertida y entretenida, la más melancólica y conmovedora, una montaña rusa de emociones en la que se genera una particular paradoja: por un lado, no sabemos qué demonios va a pasar en cada capítulo, cuál obstáculo van a tener que superar los protagonistas; y por otro, progresivamente, se va instalando la sensación de que, contra toda probabilidad, todo, casi mágicamente, va a salir bien. Y esto permite que surjan temas de fondo que el relato sabe trabajar desde el movimiento, lo gestual y lo experiencial, con algunas cumbres como los episodios seis (Focaccia) y siete (Caramel), que son pequeñas obras maestras. Uno es la improvisación como fuerza creativa, como consecuencia y forma de afrontar el caos, en esa jornada frenética en la que todos deben sacarles agua a las piedras y gestionar/encontrar soluciones donde solo parece haber problemas. Otro es el liderazgo y el trabajo en conjunto como factores interrelacionados, con Sydney (Ayo Edebiri) haciéndose cargo de su nuevo rol como jefa del restaurante y Carmy (Jeremy Allen White) tomando consciencia de que ese lugar ya no le pertenece y hasta que posiblemente nunca debería haberle pertenecido, mientras, junto a ellos, se consolida una dinámica grupal en la que cada uno va entendiendo el papel que le toca. Y, finalmente, la vocación como un propósito que debe permitirse hallar por sí mismo, pero que al mismo tiempo requiere de otros que acompañen, que guíen, que aguanten. Esos otros que son ni más ni menos que familia, que es el gran concepto que impulsó los conflictos personales durante toda la serie, que fue la trampa y la condena para muchos de los personajes durante buena parte del recorrido de la creación de Storer, y que en esta última temporada se convierte en la tabla de salvación. Podría decirse que la conclusión de El Oso la hermana un poco con el cierre de la tercera temporada de Terapia sin filtro, donde la reconstrucción identitaria se daba la mano con una reconciliación con el sufrimiento previo. Desde la reivindicación de las imperfecciones, de los padecimientos, de las heridas del pasado, desde el retrato de lo que puede lograrse cuando se labura con la gente que uno quiere, justo cuando parece haber quedado un poco relegada en la conversación y un tanto alejada del prestigio que supo alcanzar en sus primeras temporadas, El Oso se despidió a lo grande, emocionándonos desde el primer hasta el último plano.
-La quinta y última temporada de El Oso está disponible en Disney+.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

