Título original: Vanskabte land // Origen: Dinamarca-Islandia-Francia-Suecia // Dirección: Hlynur Pálmason // Guión: Hlynur Pálmason // Intérpretes: Elliott Crosset Hove, Ingvar Sigurdsson, Vic Carmen Sonne, Jacob Lohmann, Hilmar Guðjónsson, Waage Sandø, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Snæbjörg Guðmundsdóttir, Friðrik Hrafn Reynisson, Gunnar Bragi Þorsteinsson, Ingvar Þórðarson // Fotografía: Maria von Hausswolff // Montaje: Julius Krebs Damsbo // Música: Alex Zhang Hungtai // Duración: 2022 // Año: 143 minutos //
7 puntos
ENTRE LA FE, LA NATURALEZA Y EL MISTERIO
Por Guillermo Colantonio
Una combinación de épica, mística y belleza prevalece en Godland (2022), película que llega con retraso a las salas argentinas luego de un recorrido exitoso por varios festivales. Esa combinación, sostenida en el formato cuadrado de la imagen y en un granulado analógico, resulta una tentación irresistible para quienes disfrutan del cine solo por su costado diletante. Sin embargo, Hlynur Pálmason -director y guionista- añade progresivamente elementos narrativos y expresivos para eludir un camino único, condenado al cálculo y a las exigencias de un arte respetable en su versión más académica.
La premisa queda establecida desde el inicio. Una conversación entre una autoridad eclesiástica y un sacerdote instala la temática del viaje. Estamos a fines del Siglo XIX y la orden es llevar la fe a una tierra lejana. El tono del diálogo no permite dimensionar los riesgos de la empresa: atravesar zonas montañosas, enfrentarse a inclemencias climáticas y a posibles erupciones volcánicas. La naturaleza no es solo un marco imponente que acompaña el itinerario de Lucas. Por el contrario, como en los relatos de Horacio Quiroga o en las películas de Werner Herzog, dicta los límites humanos. Y Pálmason se apropia de esas huellas para incorporarlas dramáticamente en encuadres que, además de garantizar la continuidad de la mirada, manifiestan esa tensión, esa amenaza latente.
Tampoco es menor el juego con el supuesto hallazgo que habría inspirado la historia: una serie de daguerrotipos encontrados en una caja de madera y pertenecientes a un pastor luterano danés, lo que conformaría una especie de arqueología de la fotografía. No sabemos si esto es cierto o no, pero poco importa: lo verdaderamente relevante es el modo en que esa práctica se integra a la experiencia de Lucas, sobre todo cuando llega milagrosamente a destino, con la soberbia de la religión y el gesto triunfal del progreso. En contraste, su guía Ragnar parece brotar de la tierra misma, fundido con sus entrañas, con la dinámica ancestral y comunitaria. Esa diferencia marca la primera capa de civilización y barbarie que, a lo largo de la película, será puesta en entredicho a través de nuevas oposiciones.
Que todo lo anterior no quede relegado al plano de las ideas es un mérito del realizador islandés. Las formas cinematográficas que consagra a la historia son ricas en variedad y otorgan tiempo para apreciarlas. No es un film atascado en el capricho ni en el regodeo, sino que porta el misterio de lo sagrado, el yugo de imágenes que solo la sala cinematográfica a oscuras permite experimentar. Y este no es un dato menor en un panorama como el actual, donde proliferan tanto el desprecio por lo humano como la holgazanería de los mensajes disfrazados de arte legitimados por las instituciones. A no desesperar, que todavía el cine está vivo.
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