Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Hay en Tierra de mafia una cierta consciencia de que en el subgénero mafioso se contó todo, o casi todo, y que la forma de renovarse pasa en buena medida por encontrar huecos muy particulares sin abandonar por eso estructuras clásicas. Por eso es que la creación de Ronan Bennett apunta a indagar en las cuestiones más sórdidas posibles, aunque sin un regodeo miserabilista, lo cual no implicar resignar incomodidad en el retrato de los personajes. La serie (cuyos dos primeros episodios son dirigidos por Guy Ritchie) se centra inicialmente en Harry Da Souza (Tom Hardy), un hombre que es el típico arreglador de problemas y todo-servicio de los Harrigan, una familia de mafiosos de larga data, encabezada por Conrad (Pierce Brosnan) y Maeve (Helen Mirren). Harry es un tipo que luce siempre imperturbable, y cuando decimos siempre, es siempre: sea mientras aprieta a alguien con tono amenazante, ejecuta un asesinato, lidia con las intrigas familiares, arregla las cosas con otras organizaciones criminales o afronta los cuestionamientos de su esposa e hija, Harry no manifiesta emociones, lo cual lo convierte en un personaje que luce tan lineal como indescifrable. Pero él no deja de ser un puente para indagar en las dinámicas de los Harrigan, que compiten por el premio de la peor familia de la historia de la televisión. Empezando por Conrad y Maeve, que son, sin lugar a dudas, unos completos psicópatas, cuyos comportamientos, actitudes y decisiones condicionan de forma permanente a sus hijos y nietos. En particular a Kevin (Paddy Considine), que es posiblemente el más involucrado en los negocios sucios y a la vez el más torturado por las manipulaciones de sus progenitores. Esa olla a presión afectiva y psicológica terminará por estallar casi por casualidad, cuando el hijo de Kevin termine involucrado en la muerte del hijo de Richie (Geoff Bell), otro jefe mafioso con quien los Harrigan tenían una tensa tregua. A partir de ahí se iniciará una guerra exterior e interior, un conjunto de disputas bastante terribles, en la que se irán sucediendo revelaciones de todo tipo, cada vez más horrorosas. Es difícil empatizar con algún personaje en Tierra de mafia -incluso con el patetismo que exhibe Kevin, aquejado por todos los traumas posibles-, pero posiblemente esté ahí su gran acierto: no hay de dónde agarrarse y al espectador solo le queda la fascinación con un conjunto de protagonistas que no reconocen ningún límite ético o moral. La clave principal esté posiblemente en la sobriedad de la puesta en escena -mérito tanto de Bennett como Ritchie-, que contrasta la brutalidad con las intrigas palaciegas y un tono trágico que se percibe desde el primer minuto. Pero también en las actuaciones de Hardy, Brosnan y Mirren, que son los grandes conductores de orquesta y los vectores fundamentales de conflictos: el primero se aleja de los manierismos gestuales para expresarse solo desde las actitudes; el segundo va en el sentido contrario, componiendo a un hijo de puta con todas las letras con una entrega digna de aplauso; y la tercera monta un show sofisticado y vil, que compite a su modo con el desplegado por Brosnan. Tierra de mafia es por momentos asfixiante, pero también adictiva, con su ritmo arrollador y sus giros argumentales que irrumpen en cada capítulo. El último episodio deposita a los personajes en diversas encrucijadas y jugando con fichas que todavía no conocemos del todo. La última escena, triunfal y derrotista al mismo tiempo, es un claro indicador de que la guerra de los Harrigan recién comienza.
-Los diez capítulos de Tierra de mafia están disponibles en Paramount+. Ya está confirmada una segunda temporada.
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