Título original: Karate Kid: Legends // Origen: EE.UU. // Dirección: Jonathan Entwistle // Guión: Rob Lieber // Intérpretes: Jackie Chan, Ralph Macchio, Ben Wang, Joshua Jackson, Sadie Stanley, Ming-Na Wen, Shaunette Renée Wilson, Wyatt Oleff, Aramis Knight, Jennifer-Lynn Christie, Emile Pazzano // Fotografía: Justin Brown // Montaje: Dana E. Glauberman, Colby Parker Jr. // Música: Dominic Lewis // Duración: 118 minutos // Año: 2025 //
7 puntos
DOS RAMAS, UN MISMO ÁRBOL
Por Marcos Ojea
La sexta película de la franquicia Karate kid (la original de 1984, las dos secuelas, el spin off de 1994 y la nueva versión de 2010) llega a nosotros con un problema, del que no tiene la culpa. Lo de “leyendas” en su título hace alusión a dos personajes, uno icónico y otro menos icónico (pero, al parecer, para una generación que no es la mía, también icónico): Daniel Larusso, interpretado por Ralph Macchio, y el señor Han, en la piel de Jackie Chan. Estos maestros del pasado, cada uno con su recorrido, unen fuerzas en el presente para entrenar a Li Fong (Ben Wang), el nuevo héroe; un adolescente recién llegado a Nueva York, con una tragedia a cuestas, que intenta dejar atrás todo lo relacionado con las artes marciales. Claro que el destino, en la forma de un bully karateca (Aramis Knight) que disputa al interés romántico (Sadie Stanley), tiene otros planes. La historia es un molde clásico, que evoca directamente a la primera Karate kid, pero que se enfrenta a un adversario tan cercano como peligroso. El problema del que hablamos más arriba: la existencia, gloriosa, de la serie Cobra kai, que durante seis temporadas nos mostró qué fue de aquellos muchachitos de 1984, agregando nuevos personajes y elevando siempre la apuesta.
¿Qué hacemos, entonces, con esta nueva Karate kid? ¿Desde qué lugar la abordamos? Vivimos en una época donde los fans se desesperan por saber si algo es canon o no, como si no fuera todo una obra de ficción inventada por alguien. Una actitud que suele causar repudio y risa en gente que piensa que nunca le va a pasar, como a uno, hasta que pasa. No lo pregunté en redes, pero la duda anidó en mi corazón: ¿este Daniel Larusso es el mismo de Cobra kai, o es otro, uno alternativo, continuidad directa de la primera película, que ignora la serie? La respuesta en algún punto llega, pero lo mejor es desentenderse de esos planteos y disfrutar de la nueva película como lo que es: un exponente digno del coming of age deportivo, efectivo e incluso emocionante.
La primera presencia “legendaria” que entra en escena es la del señor Han, maestro de kung fu y pariente de Li. Un mentor que aparece en el momento justo, y que no se entiende muy bien por qué necesita la ayuda de Larusso, al que va a buscar hasta California. Bueno, sí, para justificar la premisa de la película y, dentro de la trama, para introducir la parte del karate en el entrenamiento de Li, que resolverá sus problemas a golpes en un torneo callejero. La dinámica entre los maestros da lugar a un intercambio cómico similar al que, en Cobra kai, Larusso tiene con Johnny Lawrence. Un detalle simpático, que se agota rápido. Es que, si uno se pone quisquilloso, casi que los senseis están de más, sobre todo con relación a sus figuras míticas. Podría haber estado uno, o el otro, o uno nuevo. La ecuación no cambia demasiado, aunque siempre sea una alegría ver en pantalla a Ralph Macchio y a Jackie Chan. Pulir, encerar, sacarse la chaqueta, ponerse la chaqueta.
Ahora bien, cuando nos corremos de este inconveniente, digno del diván para críticos de cine (más de una vez, con amigos, propuse que debería existir un psicólogo exclusivo para discutir películas y mambos afines), Karate kid: leyendas cumple con su misión, que es la de atrapar y entretener sin mucha pretensión. Un espíritu despreocupado, ochentoso, la recorre. El director Jonathan Entwistle, que viene del videoclip, filma con velocidad y exceso de estilo. Los agregados visuales en plan videojuego quizás están de más, pero las peleas están ejecutadas con nervio e impacto. También es cierto que los sucesos y las derivaciones de la historia, a veces, parecen regidos por la desorganización; la parte del boxeador (Joshua Jackson) al que Li entrena, está muy bien, aunque dentro del contexto se siente descolocada. Pero son todos hilados finos, porque los resultados están a la vista: si después de verla, queremos saltar por los aires y cagarnos a trompadas, la cosa funciona. Es la magia del cine deportivo, llevado adelante con armas honestas; nos pega en el nervio justo y, pese a sus imperfecciones, lo celebramos.
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