SACAR BELLEZA DE ESTE CAOS ES VIRTUD
Por Mex Faliero
“La noche del 21 de septiembre de 1945 morí” es lo primero que se escucha en La tumba de las luciérnagas. Con frase demoledora, la película nos prepara para lo que sigue: el camino de miserias que atraviesan los hermanos Seita y Setsuko, mientras la ciudad de Kobe es devastada por las bombas que caen de los aviones norteamericanos durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Este clásico del Estudio Ghibli, dirigido por Isao Takahata y basado en la novela de Akiyuki Nosaka, sobre sus propios recuerdos, es un film desgarrador que siempre juega en los límites de lo tolerable. Tal vez la animación, sus posibilidades estéticas y su filtro del verosímil, hacen que no termine de consagrarse como una oda a la desdicha y pueda atraparse ese espíritu humano sobre la supervivencia que la constituye. De hecho el propio director reconoció que la historia sólo podía ser contada por medio de la animación, que permite controlar los excesos de una forma que en el cine de acción real no se podría. Mucho caso no le hicieron, ya que en 2005 se hizo una versión para TV y en 2008 se estrenó otra versión cinematográfica, ambas con intérpretes de carne y hueso. Pero claramente no lograron el alcance del film animado de 1988.
Esta fue la tercera producción del Estudio Ghibli y fue acompañada en un lanzamiento doble con Mi vecino Totoro. Obviamente a la película de Hayao Miyazaki le fue mucho mejor porque, aún hablando de temas arduos como la muerte, responde a ciertos parámetros que el público busca cuando piensa en el cine de animación. La película de Isao Takahata es decididamente un relato adulto, que cuenta las consecuencias de la guerra desde una perspectiva asfixiante, una suerte de cruce del neorrealismo italiano con la estética contenida emocionalmente del cine japonés, pero con la virtud de que incluso en ese retrato terrible encuentra los momentos de luminosidad en aquellos pasajes de juego entre los hermanos. Y si bien el camino comercial de La tumba de las luciérnagas no fue el esperado, sí tuvo una revalidación por el lado de la crítica lo que la fue convirtiendo con el paso del tiempo en una obra de culto. Algo que está decididamente lejos de su ambición, ya que evidentemente Takahata buscaba un alto impacto con su película: los encuadres que demuestran una réplica del cine bélico en plan melodramático, la belleza formal de varios de sus pasajes, la fuerza de sus imágenes y a la vez la sensibilidad de su historia, hablan de una película que busca perdurar en la memoria cinéfila. De alguna manera lo logró, pero su camino terminó siendo tan complejo como el de Seita y Setsuko.
La tumba de las luciérnagas tiene un gran acierto, todo lo que vemos es lo que ven los ojos de Seita y Setsuko, pero especialmente Seita. Está claro que el punto de vista del film es el del hermano adolescente, desesperado por la subsistencia, y no la mirada infantil de la niña, lo que hubiese llevado el relato por otros rumbos. Es Seita quien enfrenta todos los traumas familiares, administrando como puede la información sobre la muerte de su madre y de su padre, el cuidado hasta el último momento de su hermana, y su posterior y penoso transitar. Es interesante porque aún en la concentración dramática de esos dos personajes vagando y buscando refugio en una ciudad en llamas, la película construye una mirada general sobre lo político a partir de informaciones que se van filtrando fugazmente, lo que demuestra también cómo dosifica su información el guión. Así es como aparece ese dilema japonés sobre la honorabilidad y el renunciamiento a la renuncia, que se convirtió por ejemplo en el eje de la reciente Godzilla minus one. Discutirle a La tumba de las luciérnagas su sumatoria de desdichas es inútil ya que las mismas son constitutivas de la historia. En todo caso Takahata no sucumbe ante lo lacrimógeno (por más que la historia emocione) porque hay un decisión bien precisa de evitar los golpes bajos o los shocks emocionales. Incluso, un elemento como la lata donde se acumulan los elementos familiares, es revelada antes del desenlace, lo que evita las especulaciones sobre su función dramática. La tumba de las luciérnagas es solamente el registro del camino de sus personajes, el retrato del espíritu de supervivencia pero sin caer en un surrealismo pueril que intente descentrar la idea de la muerte. Sí hay un acercamiento a lo espiritual o fantasmal (en todo caso la película es el relato de un muerto), pero como recuerdo de que en algún momento allí habitó lo humano.
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