Título original: Wolf Man // Origen: EE.UU. / Nueva Zelanda // Dirección: Leigh Whannell // Guión: Leigh Whannell, Corbett Tuck // Intérpretes: Christopher Abbott, Julia Garner, Matilda Firth, Sam Jaeger, Ben Prendergast, Zac Chandler, Benedict Hardie, Milo Cawthorne, Leigh Whannell // Fotografía: Stefan Duscio // Montaje: Andy Canny // Música: Benjamin Wallfisch // Duración: 103 minutos // Año: 2025 //
7 puntos
UN HOMBRE FRENTE A SUS DEMONIOS
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
El fracaso de Hombre lobo en Estados Unidos no solo fue comercial sino especialmente de crítica. En ese campo, el reproche principal fue que Leigh Whannell intentó repetir la misma operación que la de El hombre invisible, pero que esta vez le salió mal. Lo cual es un tanto insólito, porque el film está lejos de querer hacer una lectura sobre la violencia machista y/o misógina, o una justificación de la defensa por cualquier medio -incluso mediante métodos revanchistas- de la mujer frente al hombre. Pero quizás esto ocurra porque la crítica quería o esperaba algo que el realizador no tenía la obligación de cumplir. Lo que se dice confundir expectativas con calidad.
Contra los deseos del campo cultural estadounidense, tan atado a la ideología woke, lo que cuenta Hombre lobo es, enmarcado en la estructura genérica del terror, un drama paterno-filial donde el eje del conflicto es un hombre. Este es Blake (Christopher Abbott), que regresa, junto a su esposa Charlotte (Julia Garner) y su hija Ginger (Mathilda Firth), a su hogar de origen en un bosque en Oregon tras confirmarse el fallecimiento de su padre. La relación con su progenitor había sido muy problemática y Blake se había ido del lugar siendo muy joven, por lo que el retorno pretende funcionar como un ajuste de cuentas con el pasado que le permita seguir adelante y recomponer un matrimonio que no está precisamente en su mejor momento. Sin embargo, todo se desbarranca ya antes de llegar a destino: hay un accidente en el que la camioneta se sale del camino y se estrella en el medio del bosque, y Blake es mordido por una extraña criatura, un híbrido entre hombre y bestia. Es así que la familia termina refugiada en la vieja casa familiar, con el monstruo acechando en las inmediaciones y Blake sufriendo una progresiva transformación que lo lleva a perder su identidad.
En vez de plantear una historia donde la licantropía funcionaba como una metáfora de la violencia masculina a la cual deben enfrentarse una madre y su hija -aunque algo de eso haya en el tramo final-, el foco conflictivo de Hombre lobo es el de un hombre que se da cuenta de que ese pasado del que huyó puede alcanzarlo de formas inesperadas. Frente a eso, otro drama, el de una mujer que va tomando consciencia de que el deterioro de su esposo va anulando su identidad y de que debe asumir plenamente su rol como madre. Whannell, para esto, no recurre a métodos originales, pero sí a los lógicos e indispensables: un uso potente del sonido y del fuera de campo como herramientas expresivas, sumado a un abordaje de la violencia corporal que no es un simple regodeo en el gore, sino una vía para trabajar en la degradación que sufre el protagonista. Lo que cuenta el film es bastante simple -de hecho, más de dos tercios del metraje transcurren en ese único espacio que es la casa y sus alrededores- y se hace cargo de esto, pero tampoco se achica frente al espectador.
Es cierto que Hombre lobo tiene unos cuantos defectos: hay varios diálogos que redundan en los dilemas centrales que afrontan los protagonistas y ciertos recursos formales -como algunas secuencias que toman el punto de vista de la criatura- que no funcionan del todo. Pero la puesta en escena de Whannell mantiene la coherencia a lo largo de todo el relato y eso le permite encaminarse, progresivamente, hacia un cierre trágico, aunque consistente con todo el desarrollo narrativo. Recién arranca el año, pero Hombre lobo ya se posiciona como una de las películas subvaloradas del 2025. O, por lo menos, como uno de los grandes malentendidos.
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