Título original: Idem
Origen: Argentina
Dirección: Mariela Pietragalla
Guión: Mariela Pietragalla, Alejandra Portela
Asistencia de dirección: Magalí Ayala
Fotografía: Gerardo Azar, Matías Mayolo
Montaje: Mario Bocchicchio
Sonido: Paula Gasparini, Pablo Córdoba
Duración: 69 minutos
Año: 2023
7 puntos
NO TODO LO SÓLIDO SE DESVANECE EN EL AIRE
Por Guillermo Colantonio
El cine y los sueños son en blanco y negro. Sobre el primero, pesa una cuestión de gustos; sobre los otros, una comprobación científica. La película de Mariela Pietragalla funde las dos dimensiones, la alucinación propia del dispositivo mecánico con la atmósfera onírica de un espacio transitado por un espectro viviente y feliz. El hombre tiene más de 90 años, es un bailarín de flamenco que de joven integró el elenco de Miguel de Molina y ahora transita los pasillos de la Fundación Cinemateca Argentina, alimentándose del fílmico, curando las películas como si fueran sus hijas y reviviendo un tiempo que deviene fragmentado, difuso, pero intenso.
La otra memoria del mundo no está concebida a base de datos, sino de gestos. El primero tiene que ver con un recorrido, un viaje a través del espacio, un edifico donde se intenta conservar un patrimonio de más de veinte mil títulos. Las imágenes de raigambre expresionista le confieren un sesgo particular al documental, lo ubican en un territorio de poesía y misterio donde la soledad pesa, pero se entiende que es parte del sacrificio y de la pasión de quien elige no sólo vivir para el cine sino para dejar un legado inestimable a futuras generaciones. Rafael Correa recorre solitariamente los pasillos y hace todos los esfuerzos posibles para revivir en cada proyección un paraíso perdido, como si los fragmentos fílmicos lo nutrieran de energía para continuar viviendo. Es una especie de vampirismo pero despojado de negatividad.
La memoria a la que alude la película lejos está de la virtualidad omnipresente, aquella que suele cobijarse bajo el lema de que todo lo sólido se desvanece en el aire. Acá no hay carpetas ni millones de fuentes acumuladas en un disco rígido. Todo lo contrario. Los objetos, los rollos, los catálogos, los afiches, son presencias concretas sobre las que se interviene para ordenarlas, repararlas y seguir utilizando. Si hay un rasgo extraordinario en la película es la capacidad de hacer sentir el peso de la materia, es decir, relevar el funcionamiento de un engranaje en todo lo que tiene de máquina. Y también de ensueño (¿o habrá que explicar todavía lo que significa ver y escuchar una imagen fílmica al lado de otra digital, lavada y sin alma?).
La Cinemateca como lugar de almacenamiento de la memoria, una memoria que ramifica en diversos niveles: afectivo, informativo, mnemónico. La Cinemateca como una biblioteca de Babel, una ciudad donde perderse, donde siempre habitará el misterio y el inevitable reconocimiento de que algo falta. Del tiempo, del paso del tiempo para buscar y consagrarse a esa búsqueda, también habla la película.
Y por supuesto, los fantasmas se hacen presentes. Las voces de Tarkovski, Fellini, Kurosawa, se escuchan, extraviadas en ecos. También las imágenes de Miguel de Molina bailando, superpuestas con el cuerpo presente de Rafael Correa, un esfuerzo por curar heridas melancólicas. Es parte de un universo que se vive en soledad, entendida en un doble sentido: como ritual que se resiste a desaparecer y como interpelación para cuidar el patrimonio fílmico, la verdadera memoria del mundo.
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