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Godzilla y Kong: el nuevo imperio

Título original: Godzilla x Kong: The New Empire
Origen: EE.UU.
Dirección: Adam Wingard
Guión: Terry Rossio, Simon Barrett, Jeremy Slater
Intérpretes: Rebecca Hall, Brian Tyree Henry, Dan Stevens, Kaylee Hottle, Alex Ferns, Fala Chen, Rachel House, Ron Smyck, Chantelle Jamieson, Greg Hatton, Kevin Copeland, Tess Dobré
Fotografía: Ben Seresin
Montaje: Josh Schaeffer
Música: Antonio Di Iorio, Tom Holkenborg
Duración: 115 minutos
Año: 2024


7 puntos


PIÑA VA PIÑA VIENE

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Cuando en 2014 arrancó todo este monstersverse de Warner, con la intención de terminar enfrentando a los emblemáticos Godzilla y King Kong, la solemnidad de aquella película de Gareth Edwards no hacía prever para nada el tono que iría adquiriendo la saga con el correr de los episodios. Pero si bien es cierto que las posteriores películas de Godzilla -y muy especialmente La Isla Calavera– lograron darles un norte estético a estas películas acomodadas entre el relato de monstruos y el cine catástrofe, todavía tenían algo pesado que impedía la diversión. Hasta esta Godzilla y Kong: el nuevo imperio de Adam Wingard, que es finalmente la película que se permite tomarse todo para el lado de la chacota, sin darle demasiada relevancia a las reglas de ese mundo que se va construyendo y que incluye hasta una serie como Monarch.

Godzilla y Kong: el nuevo imperio tiene varios elementos en la previa que nos avisan que algo ha cambiado. Hay una apuesta por los colores más vivos, con una estética pop como de chicle globo; la cantidad de personajes se ha reducido a un puñado; y dura 115 minutos, con lo cual no hay riesgo de gigantismo innecesario. A partir de ahí, Godzilla y Kong: el nuevo imperio es un relato de aventuras sin más ambición que la construir un entretenimiento desaforado, del tamaño suficiente como para que entren esos titanes y acomoden las cosas a pura piña. Y Wingard sabe cómo filmar la acción como para que se entienda lo que pasa adentro del plano, utiliza el CGI para construir imágenes creativas que vuelvan al relato una experiencia audiovisual y entiende cómo estirar las reglas de juego hasta quebrarlas, pero sin romperlas.

Lo que tiene para contar Godzilla y Kong: el nuevo imperio es mínimo. Kong está aburrido en ese mundo subterráneo donde vive hasta que encuentra un oponente: en una tierra subterránea a la tierra subterránea en la que habita hay otro mono malísimo que tiene dominada a su tribu. Para derrotarlo, entonces, necesitará la ayuda de Godzilla. Los humanos son meros facilitadores de situaciones y cosas como para que los titanes puedan alcanzar sus objetivos (de hecho, es la película de esta saga que menos preocupada está en el futuro de la humanidad). Por ejemplo, el personaje de Dan Stevens le reemplaza un diente a Kong como un dentista hiperbólico. En otro momento, sacan de la galera un brazo metálico para el gorila. Godzilla, por su parte, utiliza el Coliseo de Roma para echarse una siesta cuando lo cree necesario. Todo es así en la película, antojadizo, pero con espíritu lúdico. La película está hecha por un chico mientras juega a los muñecos. Y resulta divertidísima y graciosa, y es además brutal cuando la acción lo requiere. Sin embargo, el gesto más importante es su ausencia de solemnidad, una suerte de regreso a los tiempos en que el cine de entretenimiento era, antes que nada, entretenido. Una invitación al desparpajo y la sorpresa constante, que ojalá tenga la respuesta suficiente en taquilla como para decir que este es el camino, porque es un tipo de película que antes que nada cree en lo que cuenta con un nivel osadía envidiable y con la sabiduría suficiente como para entender que fallar es una posibilidad. Algo que ese cine blindado y calculado a lo Duna nunca le pasará porque básicamente parte de su especulación es que le da a un determinado público eso que espera ver sólo para confirmar su lugar de superioridad intelectual. ¡Vivan Godzilla, Kong y Wingard!


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