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El teléfono del señor Harrigan

Título original: Mr. Harrigan’s Phone
Origen: EE.UU. 
Dirección: John Lee Hancock
Guión: John Lee Hancock, basado en el relato corto de Stephen King
Intérpretes: Donald Sutherland, Jaeden Martell, Joe Tippett, Colin O´Brien, Kirby Howell-Baptiste, Frank Ridley, Peggy J. Scott, Thomas Francis Murphy, Randy Kovitz, Cyrus Arnold, Thalia Torio, Conor William Wright, Alexa Niziak, Bennett Saltzman, Daniel Reece, Dale Duko
Fotografía: John Schwartzman
Montaje: Robert Frazen
Música: Javier Navarrete
Duración: 104 minutos
Año: 2022
Plataforma: Netflix


6 puntos


RELATO CORTO, PELÍCULA PEQUEÑA

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

Stephen King siempre fue un autor que supo partir de ideas simples y exprimirlas al máximo, dándoles matices de complejidad a veces llamativos. Un ejemplo de eso es Cujo, un relato que, tras su mínimo planteo situacional (un perro rabioso acechando a una madre y su hijo encerrados en un auto), escondía un drama familiar de tintes trágicos. El teléfono del señor Harrigan, producción de Netflix basada en un cuento corto del autor, expone algunas de estas virtudes, aunque con ciertas limitaciones que están dadas en parte por su premisa.

El film de John Lee Hancock, que cuenta con Ryan Murphy como uno de sus productores, se auto percibe pequeño y desde esa noción de sí mismo construye un piso y un techo no muy lejanos entre sí. El relato se centra en Craig (Jaeden Martell), un joven que ya desde pequeño ha estado atravesado por la muerte de su madre y consciencia de que el tránsito por la escuela -y por el mundo en general- es un juego de supervivencia constante donde hay poco margen de error. Ya desde niño, es “contratado” (por decirlo de algún modo) por el Señor Harrigan (Donald Sutherland), un anciano millonario, para que vaya tres veces por semana a leerle uno de los libros de su variada biblioteca. A lo largo del tiempo, el vínculo entre ambos se va afianzando -incluso a pesar de ciertos rasgos un tanto tenebrosos que deja traslucir Harrigan-, a tal punto que Craig se permite regalarle un celular y enseñarle a usarlo. Cuando el hombre muere, Craig deja el celular en su ataúd y, para su sorpresa, el contacto se restablece a través del dispositivo, pero de forma mucho más siniestra, porque los peores deseos del joven se verán cumplidos, con esa conexión jugando un rol decisivo.

En verdad, El teléfono del señor Harrigan, cumpliendo los parámetros de King, no es tanto un film sobre maldiciones (o deseos convertidos en maldiciones), sino sobre las vicisitudes que trae el proceso de crecer. Es decir, las pérdidas, los aprendizajes, los nuevos vínculos, los planes a futuro, los rituales, miedos y anhelos que se acumulan muchas veces de forma caótica y con desniveles anímicos de todo tipo. Esa especie de pata de conejo que es el celular a través del cual se expresa el lado más horroroso del Señor Harrigan (pero también de Craig) es un símil McGuffin, un trampolín para el drama existencial juvenil y el retrato de la cara oculta de una pequeña comunidad, un poco en la senda de Cuenta conmigo, otra adaptación de King.

Claro que Hancock no tiene la sabiduría narrativa y la sensibilidad de Rob Reiner, y por eso el andamiaje que despliega es un tanto desparejo y limitado. Si por un lado acierta al acotar información referida a los aspectos sobrenaturales de la trama, por otro redunda en explicaciones sobre ciertos eventos y percepciones del protagonista. Pero, además, al momento de arribar a las resoluciones, apuesta a una clausura del conflicto algo apurada y sin riesgos. Quizás eso se deba a que el realizador se conforma un tanto excesivamente con delinear apenas un pequeño drama con algunos elementos de suspenso y no ir a fondo con algunas ideas visuales que insinúa en algunos tramos. Eso coloca a El teléfono del señor Harrigan en el lugar de un producto aceptable, pero también de bajo vuelo y que desperdicia un poco su potencial.


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