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El barco (1981)



NARRATIVAS Y PUNTOS DE VISTA

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

Hace unos días, murió Wolfgang Petersen, realizador alemán que, luego de comenzar su carrera en los setenta en su país, se mudó a Hollywood, donde desarrolló, entre la segunda mitad de los ochenta y los primeros años del nuevo milenio, una filmografía bastante relevante y quizás algo subestimada. Aunque en los últimos quince años solo filmó una película, retornando a Alemania, lo cierto es que ya había dejado un legado de obras que reflejaban un perfil eminentemente artesanal, casi invisible desde la puesta en escena, que igualmente tenía algunos rasgos temáticos y narrativos que mostraban a un cineasta con preocupaciones específicas. Y que, al mismo tiempo, era capaz de adaptarse a múltiples moldes genéricos y estéticos.

El barco, que fue su primer gran éxito de público y crítica -en 1984 estrenaría La historia sin fin, que le sirvió como ticket al territorio norteamericano-, anticipaba buena parte de estas superficies que anidaban en el cine de Petersen. Basado en una novela de Lothar-Günther Buchheim, el relato seguía a un submarino alemán en una misión de patrullaje a finales de 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial empezaba a dar un giro que conduciría al nazismo a la derrota. La trama parte del punto de vista de un periodista (Herbert Grönemeyer), corresponsal del Ministerio de Propaganda, que acompaña a la tripulación, para luego ir desplegando diversas miradas que confluyen y a la vez chocan dentro de ese espacio reducido y agobiante. Está el capitán del navío (estupendo Jürgen Prochnow), un profesional experimentado y líder nato, aunque con una perspectiva sombría sobre los desafíos que se afrontan; pero también el primer teniente, un fanático nazi, que se aferra a las reglas como vía para lidiar con el contexto; y una galería de jóvenes tripulantes donde interactúan el temor, la valentía, la desesperanza y varios sentimientos más, en un mosaico que era en buena medida representativo de los sentimientos alemanes de esa etapa.

Uno de los aciertos -incluso desde la apuesta riesgosa- de Petersen consistía en darle a cada punto de vista su espacio y tiempo, incluso a costa de estirar el metraje hasta lo monumental: si la versión que llegó en su momento a los cines era de 150 minutos, la “versión del director” pasaba los 200 minutos y la denominada como “sin cortes” era de nada menos que 282 minutos. El objetivo de fondo era construir una especie de narrativa de la derrota, una historia casi episódica dentro del gran drama que fue la Segunda Guerra Mundial, pero donde el tono terminal se imponía desde una puesta en escena que trabajaba lo claustrofóbico desde varios aspectos. No solo estaba el encierro planteado desde ese escenario casi único que era el submarino, sino también desde la sensación de que no había salida para un grupo de marinos que iban tomando consciencia de que era imposible salir triunfantes, incluso aunque cumplieran las misiones asignadas. Pero ese pesimismo inapelable y trágico estaba expresado desde distintos matices, permitiendo una mayor complejidad en el abordaje de eventos históricos donde los imaginarios dominantes partían del lado triunfante.

Lo cierto es que Petersen profundizaría esa vocación por abordar discursos que eran puestos en crisis o la inserción de miradas discordantes y/o silenciadas. Ya sea a través de la alianza a regañadientes de los protagonistas de Enemigo mío; los villanos de En la línea de fuego y Avión presidencial; el retrato comunitario de Una tormenta perfecta; o la mirada histórica de los derrotados en Troya; el director supo ocuparse de esa otredad que cuestionaba parámetros establecidos. Al mismo tiempo, ya empezaría a demostrar aquí su adaptabilidad al formato del gran espectáculo, que le permitiría manejarse con comodidad y efectividad en diversos géneros, además de con estrellas de gran calibre. Después de El barco, Petersen, sin necesariamente innovar, transitaría por la ciencia ficción, la aventura, la acción, el thriller, la épica y el cine catástrofe, casi siempre con bastante efectividad. Toda su filmografía estaría atravesada por una noción de amargura por lo perdido -incluso en ese disparate muy divertido que era Avión presidencial-, aunque la oscuridad nunca fue tan potente y abrumadora como en El barco, una película de una tristeza avasallante.


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