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Duna

Título original: Dune
Origen: EE.UU. / Canadá
Dirección: Denis Villeneuve
Guión: Jon Spaihts, Denis Villeneuve, Eric Roth, basados en la novela de Frank Herbert
Intérpretes: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Jason Momoa, Stellan Skarsgård, Zendaya, Javier Bardem, Sharon Duncan-Brewster, Charlotte Rampling, Chang Chen, Stephen Henderson, Dave Bautista
Fotografía: Greig Fraser
Montaje: Joe Walker
Música: Hans Zimmer
Duración: 155 minutos
Año: 2021


6 puntos


LA INMENSIDAD DEL DESIERTO

Por Franco Denápole

(@fdenapole)

Hay en Duna, pero enterrada bajo muchos metros de arena, una buena película. Tal vez una gran película. Tiene todo para desafiar los cánones del género de la ciencia ficción de aventuras y construir un relato distinto: un universo cuya inmensidad se adivina en lo misterioso de sus formas; una fotografía cuidada, con personalidad e imaginación; una trama política, religiosa y romántica con gran potencial para llenarlo; y personajes ricos en el papel, contrapuntos de una narración en potencia. Y sin embargo, la película de Denis Villeneuve no termina de funcionar. Como una de las naves en las que vuelan los protagonistas, elegante y cautivadora, pero que gracias a dos o tres componentes falla y se estrella en el desierto.

Como Icaro volando demasiado cerca del sol, Duna pretende construir un relato inmenso, capaz de expandirse tanto como lo requiere su universo. Es, sin duda, una película pretenciosa, pero no por ello carente de aciertos. El tono de las películas de Villeneuve suele ser de una grandiosidad peligrosa, aun cuando se limita a historias más pequeñas como lo hizo en Sicario. Sus mundos narrativos son solemnes en extremo, a veces oscuros, y siempre moviéndose lentamente hacia abajo, descendiendo en busca de un espacio en el que las voces de sus personajes resuenen con un profundo eco filosófico y ético. De nuevo, no hay necesariamente nada malo en esto. Y además, es de destacar que este anhelo no lleva a Duna a romper la regla principal de la economía del relato de Eco: “un texto es un mecanismo perezoso (o económico) que vive de la plusvalía de sentido que el destinatario introduce en él y solo en casos de extrema pedantería, de extrema preocupación didáctica o de extrema represión el texto se complica con redundancias y especificaciones ulteriores (hasta el extremo de violar las reglas normales de conversación)”.

Con lo tentador que puede resultar, Duna no cae en una extrema preocupación didáctica. No lleva al espectador de la mano sino que hace emerger sus escenarios en toda su grandiosidad para que el espectador se pierda en ellos. Ante tal magnitud espacial, deben sin embargo aparecer elementos capaces de sostenerlo, de evitar que los espacios se vuelvan inhabitables para el espectador, y es aquí donde Duna falla. Sus personajes no dan la talla; un universo de estas características exige un protagonista asertivo, capaz de cartografiarlo a fuerza de empatía y humanidad. La película opta por el estoicismo de Timothée Chalamet que carece del vigor necesario y de la capacidad para conectar con el espectador.

Pero el pecado más grande de Duna surge de aquello que la vuelve admirable: su ambición. Al encarar la construcción de su universo, lo hace con el propósito de empaparlo de un misticismo que brota de la confusión entre el sueño y la vigilia. Hay, de nuevo, un propósito noble, una intención estética clara. Pero su ejecución resulta pobre: trabaja la irrupción del pasado y del futuro ensayando un montaje poético, pero en una escala en la que se vuelve insoportable. Tal vez el recurso funcionaría en un cortometraje experimental, pero un gigante narrativo de dos horas y media exige ritmo, disciplina y rigurosidad. Una y otra vez los sucesos se paralizan con el uso de la cámara lenta o se fragmentan dando lugar a escenas que no son sino de otra película. Porciones de una etapa distinta de la historia que pueden funcionar fenomenalmente en una novela pero que en una película entorpecen y quiebran la estructura. En Duna no hay actos ni nada que los sustituya indicando al espectador en qué momento se encuentra. La monstruosidad de su geografía desborda completamente la dimensión temporal. Lo que produce esto es que, si bien el espectador puede entender dónde y cuándo se encuentran los personajes, no es capaz de sentir el dónde y el cuándo de la historia. La narración se convierte en un limbo, un desierto interminable y repetitivo por el que el espectador circula sin saber cuándo ni dónde terminará. La película concluye dejando una sensación extraña: si bien hemos sido testigos de un mundo sublime por su belleza y grandiosidad, y sucesos o plot points han ocurrido, hemos sido despojados de una dimensión temporal que haga de aquello que vemos una historia.


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