Por Mex Faliero
El estado de ánimo del espectador respecto a Netflix cambió progresivamente, como el estado de ánimo de Homero Simpson cuando come el pez globo y va pasando de la angustia al desasosiego en milésimas de segundos. En primera instancia había una celebración absoluta ante ese catálogo que, por unos pesos, nos ofrecía muchas historias para ver en casa, con buena calidad de imagen y sonido. Era la ilusión del pionero, que con sus espejitos de colores nos seducía mientras nos iba colonizando la percepción audiovisual. Pero progresivamente, y con el arribo de otras plataformas de streaming, se pasó al desengaño. Y de la pregunta repetida “¿está en Netflix?” se pasó al lloriqueo del “no hay nada en Netflix”. Actualmente hay una posición que señala a Netflix como culpable del achicamiento de la perspectiva del espectador respecto de la producción audiovisual: que la constancia de ver películas en una pantalla chica terminó repercutiendo en lo que el espectador busca y espera. Puede que haya un prediseño audiovisual que Netflix entrega, casi, como un autor que sobrevuela y controla a los autores que contrata para hacer cine y series. ¿Pero podemos culpar a Netflix de eso? ¿Acaso no ocurría lo mismo en la era dorada de los estudios de Hollywood? El espectador que mira cine en la casa, y cada vez menos en la sala de cine, no se inventó con Netflix. Es algo progresivo, que comenzó hace décadas con el VHS, luego con la televisión por cable, los canales premium y finalmente con las plataformas de streaming. Y en todo ese proceso la variedad sobre el consumo se fue achicando y encerrando sobre un tipo de cine, lo que terminó repercutiendo en el diseño aplicado por la plataforma. Netflix lo que hizo fue ver la necesidad (y el negocio) y no hizo otra cosa que darle a ese espectador lo que estaba buscando. Podemos seguir discutiendo horas sobre el huevo o la gallina. Lo que está claro es que Netflix es la gallina de los huevos de oro.
