Por Patricio Beltrami
El cine de superhéroes existe más allá de Hollywood y, de la mano de Netflix, este año llegó al streaming la película alemana Freaks, eres uno de los nuestros. Si bien tiene una primera mitad prometedora, principalmente respaldada en la solvencia de la protagonista (Cornelia Gröschel), el conflicto principal progresivamente va quedando relegado a medida que el villano empieza a cobrar mayor preponderancia en la historia. Esta decisión, sumada al breve y deslucido enfrentamiento final, termina condenando al film a la intrascendencia.
Freaks… trascurre en un mundo donde existen personas con poderes sobrehumanos o habilidades especiales. Sin embargo, una empresa se encarga de monitorear o, cuando fuera necesario, controlar la vida de estos individuos. Particularmente, esta idea ya había sido aplicada en X-Men 3: la batalla final, donde habían desarrollado una vacuna para suprimir el gen mutante (aunque finalmente se descubrió que el efecto era temporal). Por su parte, el relato alemán recurre al suministro de pastillas azules para reprimir los poderes de los pacientes. Además, esta compañía también posee una institución psiquiátrica fuertemente armada para contener a aquellos que no siguen el tratamiento por su “enfermedad”.
En este marco, resulta extraña la falta de conciencia de la sociedad sobre esta situación. En principio, la población ignora el propósito de la organización que controla y persigue a las personas con habilidades especiales, entidad que opera con una fachada de institución clínica y farmacéutica a la vista de todos. En ese sentido, el nivel de impunidad (y de negligencia ciudadana) es tan grande que esta firma incluso promociona sus pastillas en enormes carteles instalados en la vía pública. A su vez, no queda claro si se trata de un empresa que acciona por su cuenta o si posee el aval del gobierno.
Asimismo, la sociedad se manifiesta de manera extraña ante la presencia de los individuos con capacidades especiales. Por una parte, las personas experimentan temor ante estos sujetos, como si la tenencia de poderes fuera una enfermedad y la justificación suficiente para condenarlos a una vida marginal. Y a pesar de la enorme cantidad de personas que han manifestado dotes sobrehumanos, incluso en incidentes de trascendencia pública, extrañamente gran parte de los alemanes sigue desconociendo la existencia de estos seres, en lo que únicamente constituye un comportamiento afín al argumento de la película.
Finalmente, desde el Estado no se fomenta la incorporación de las personas con poderes a la vida en sociedad e, incluso, una empresa (cuyos vínculos con el gobierno no son explícitos o desarrollados en la historia) se encarga de controlar vía medicación y terapia, reprimir o encerrar a quienes poseen capacidades especiales. Junto a este desprolijo marco normativo, tal es el grado de incongruencia que esta agencia privada queda totalmente fuera del enfrentamiento final, mientras que su accionar en la persecución de los superhéroes termina aún más desdibujado en el epílogo. No obstante, en su afán de realizar una relectura de X-Men, el mayor pecado de Freaks… es haber dejado sin sustento al principal interrogante del relato: ¿Cuál es el peligro que representan estas personas para la sociedad?
