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Recapitulación de Homeland: The Litvinov Ruse

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

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ATENCIÓN: SPOILERS

O de cómo parecía que Allison estaba en el horno y sin embargo consigue torcer toda la situación a su favor. De eso se trató The Litvinov Ruse, episodio en el que Saul y Carrie recobran mayor protagonismo, al unirse definitivamente sus líneas narrativas con las de la doble agente encarnada por Miranda Otto.

Los momentos iniciales son de una extraña y a la vez lógica ternura, que roza lo conmovedor, explicitando el vínculo paterno-filial entre Carrie y Saul. Lo que le dice el contacto israelí a Carrie respecto a Saul –“le rompiste el corazón, ¿sabías? El suyo es más viejo y débil que el tuyo”-, las lágrimas de ella, la forma en que él abre sus brazos, ese abrazo sentido, fuerte, habla mucho de la relación que han entablado, de la separación que atravesaron y de la necesidad de recomponer el lazo.

Lo que viene es un diálogo decisivo, que anticipa dudas y certezas de ambos: Saul admite que no está convencido respecto a las afirmaciones de Carrie de que Allison es una doble agente, porque no quiere estarlo, porque las implicaciones no son serias –como dice Carrie- sino directamente catastróficas. “Significaría que los rusos estuvieron dentro de nuestro aparato de inteligencia en Europa durante casi una década”, reflexiona él, lo cual Carrie le responde con lo ineludible: “es por eso que necesitás saber si es verdad”.

A continuación vendrá una operación en conjunto entre la CIA y los servicios de inteligencia alemanes, que pondrá a prueba la fortaleza machista de Saul. Y el pobre Saul saldrá totalmente derrotado, viendo cómo la mujer con la cual venía manteniendo un vínculo amoroso se acuesta con otro tipo. La secuencia de vigilancia es dantesca, reforzada por la desorientación de Carrie, quien se tiene que enterar por una colega alemana de lo que pasaba entre Saul y Allison. Luego de que Allison no muerde el primer anzuelo, hay un nuevo intento, que sí funciona, y ahí tenemos una larga secuencia de seguimiento, de esas que nos maravillan por las sucesivas demostraciones de profesionalismo pero también nos aterran, porque son la representación de la perfecta pesadilla paranoica de la sociedad en que vivimos.

Pero cuando parecía que Allison en un solo episodio había cometido todas las equivocaciones en las que no había incurrido previamente, en el momento límite, con Dar Adal interrogándola como sospechosa de traición, ella saca un as de la manga, que no sólo le permitiría seguir libre sino incluso quedar como la pobre e injustamente perseguida. La historia que inventa sobre la marcha es perfecta y a la vez bordea lo inverosímil, lo cual prueba que en el mundo del espionaje las líneas entre la verdad y la mentira están tan difusas que cualquier cosa es creíble e increíble al mismo tiempo.

Queda para el final el angustiante in crescendo de la situación de Quinn, quien queda convertido en conejillo de Indias del grupo de terroristas que planea realizar un masivo ataque con gas sarín. Se podrá decir que la forma en que convence a uno de los integrantes de ese grupo de salvarlo es cuando menos forzada, pero igual el desarrollo narrativo consigue sostenerse por la serie que le funciona como contexto: en Homeland lo que importa antes que nada es la progresiva construcción de tensión, suspenso y anticipación. La secuencia final de The Litvinov Ruse, que no nos termina de confirmar si Quinn está condenado a la muerte o no, nos lo prueba. Lo que viene seguramente va a ser potente.

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