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Perros de la calle (1992)


perros de la calle 1


EN BUSCA DE LA CINEFILIA PERDIDA

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

En los 90’s el cine norteamericano encontró, gracias a la presencia de Quentin Tarantino, un espacio para la cinefilia más intelectual, algo que parecía perdido en los 80’s con la generación que instaló a los adolescencia como el principal consumidor de cine: aventuras, ciencia ficción, acción, que tenían más a la nostalgia que a la introspección cinematográfica como norte. Así como en los 70’s los Spielberg, Scorsese, Coppola o De Palma revitalizaron la industria de cine estadounidense a lomo de una cinefilia extrema (sus películas eran innovadoras a la vez que se sustentaban sobre las enseñanzas de un cine del pasado), la aparición de Tarantino con Perros de la calle generó el mismo efecto que cualquier gran exponente setentoso: había ahí afuera alguien capaz de renovar el lenguaje sobre la base de una cinefilia como aquella, aunque hiperbólica si analizamos el caso extremo del director educado por fuera de los ámbitos académicos y dentro del más prosaico espacio del videoclub.

Perros de la calle traía como referencias a Jean-Luc Godard y al Stanley Kubrick de Casta de malditos, pero fundamentalmente a toda la cultura pop que iba de los viejos cómics policiales a la intertextualidad y la autoconciencia de un presente cuya originalidad mayor no era ser novedoso sino saber mixturar y contener la suma de referencias que integra a todo artista. El pop fue, tal vez, el último movimiento que sacudió el arte. Lo de Tarantino fue una novedad absoluta en unos años 90’s que, hasta su aparición, mostraban a un cine norteamericano ahogándose en el exceso de producción de sus blockbusters y en la repetición que evidenciaban sus viejos autores: Spielberg y Scorsese tratando de reinventarse, Coppola y De Palma empezando a transitar un abismo. Lo que proponía la película no era innovador, pero sí lo era la forma en que Tarantino disponía los elementos que integraban su film. Había algo pasional, más allá de la afectación de unos diálogos demasiado escritos.

Tarantino mostraba un robo sin mostrarlo, narraba atemporalmente, construía escenas donde elementos como la música tomaban protagonismo y fisicidad y hacían sistema (sus bandas de sonido y la forma de utilizarlas se convirtieron en referencia, así como las bandas sonoras de Scorsese en los 70’s hicieron lo suyo), pero especialmente pergeñaba grandes puestas de escena violentas con un nivel de estilización notable. Todo esto maravillaba a un espectador joven que estaba desacostumbrado a que un director pusiera elementos discursivos y formales tan adelante del relato. Lo que fundaba Tarantino con Perros de la calle era una nueva cinefilia, un tipo de espectador ávido por conocer cada vínculo hacia el pasado. Tarantino exhibía su conocimiento cinéfilo hasta la irritación, y se convertía en el primer exponente de un cine que comenzaba a convivir con Internet: un cine regado de hipervínculos, una red conceptual ingeniosamente relacionada.

Claro está, lo primero que sobresalió en las películas de Tarantino fue el grado de violencia, que también se relacionaba con la estética pop y la banalización perpetuada desde los cómics. Su cine es heredero en cierta forma del de Sam Peckinpah, otro autor que tuvo que lidiar con una mirada crítica a la violencia estilizada que poblaba sus films. Pero la inteligencia de Tarantino (o de los hermanos Weinstein, los verdaderos descubridores del genio: no olvidemos la movida de marketing indie que significó la aparición del director) estuvo dada en que su aparición se dio en medio de la horfandad de autores jóvenes, con aires de masividad y respeto intelectual, que mostraba el cine norteamericano por entonces. De ahí, también, que dejara huella e imitadores, una herencia no tan positiva por momentos. En cierta forma, Tarantino fue el mascarón de proa de los Weinstein y de Miramax, aquella compañía que se animó a instalar fuertemente el concepto de cine indie norteamericano. Imagino que impacta esta idea y repele, pero el lobby es algo necesario para instalar un producto como para instalar a un director amado como Tarantino.

En todo caso -y más allá de cuestiones empresariales- lo que se impone en Perros de la calle es una energía que ningún otro cineasta joven había demostrado hasta entonces, mucho menos uno que apuntalara un estilo desde el homenaje y la recreación, algo que suele estar emparentado con lo gélido de lo museístico. Si Tarantino fue más ingenioso que inteligente en su primera película, eso tal vez pueda ser visto desde el presente. Por entonces significó un cambio de aire por demás importante, amén de instalar un estilo y a un grupo de actores que serían fetiche durante un tiempo. Perros de la calle tal vez sea recordada más por cuestiones extra cinematográficas, pero nadie le quita su lugar de inflexión dentro de la historia del cine norteamericano. El cinéfilo moderno (post 90’s) no existiría de no existir el cine de Quentin Tarantino.


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