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Masculino femenino (1966)



LA DISRUPCIÓN COMO VOCACIÓN Y REGLA

Por Guillermo Colantonio

(@guillermocolant)

La evolución de la trayectoria profesional de Jean-Luc Godard (París, 1930) refleja el interés personal del cineasta y crítico por algunos temas que se han convertido en constantes en su obra cinematográfica y videográfica: el cine, el arte, la sociología, la política, la filosofía, la tecnología y la comunicación.

Masculino Femenino (1966) empieza a ser una aceituna en el pan dulce de la Nouvelle Vague: la experimentación formal, las consignas y el grado de reflexión acerca de lo que se ve, comienzan a inundar la pantalla, lejos de cualquier evocación tierna sobre la época o promesas firmes de revolución. Estamos, como se oye en la película, en la época de James Bond y de Vietnam, pero en París, en 1965, ciudad en la que emergen de los cafés jóvenes como Paul (Jean-Pierre Léaud), idealistas, infantiles, que juegan a la militancia sin tener muy en claro qué es eso. También bellas mujeres, como Madeleine (Chantal Goya), aspirantes a cantantes, cuya aparente fragilidad, deja que asome una inteligencia capaz de dejar al descubierto la inmadurez de los hombres. Pero masculino y femenino no son solo dos categorías que acaparan toda la película: en todo caso, forman parte de un sistema discursivo/dialéctico que se abre a otros puntos reflexivos, propios de ese cine ensayístico que Godard iniciaría en esta etapa, siempre pensando al mundo, siempre interpelando al mundo y a los intelectuales que hablan de él. 

Lejos de sostener convenciones dramáticas en torno a un conflicto central, la película da cuenta de una serie de procedimientos disruptivos que conciernen al montaje y cuyas consecuencias son la disociación entre imagen y sonido, y la pérdida de una ilusión, aquella que concibe al cine como una adicción perpetrada desde la industria (algo que dividiría inevitablemente las aguas con respecto al director hasta el presente). En efecto, cuando nos acostumbramos al derrotero de Paul por los cafés y las calles de París en busca de amor, los cortes marcan un desvío e instalan esa faceta verbal donde las sentencias marcan como cuchillo a partir de la ironía y el sarcasmo. ¿Significa esto resignarse a una dialéctica verbal que sacrifica la expresión cinemática de las imágenes? En absoluto. Masculino Femenino goza de vida en los primeros planos de sus protagonistas, en la forma en que recorren las calles, en la belleza fotogénica de sus mujeres (incluido el cameo de Brigitte Bardot) y en esa Paris que la Nouvelle Vague nos regaló como pocos. Hay que escuchar los diálogos y focalizar los vínculos indecisos de parejas para advertir qué tan importante fue este movimiento de mitad de siglo veinte para cinematografías tan disímiles como las asiáticas y las latinoamericanas (para bien y para mal). Pero todo estuvo ahí. 

Pero si hay algo que sigue siendo impresionante aún en este presente de innovaciones tecnológicas, es el sonido directo. La materialidad que adquiere en esas escenas donde los pasos marcan el ritmo o las puertas se cierran bruscamente, goza de un poder festivo e incómodo al mismo tiempo. Su finalidad es llamar la atención allí donde las imágenes quieren adueñarse del asunto, sacudir el sentido común e interrumpir los diálogos entre los personajes. Godard es el primero que se atreve a enfrentar una convención sagrada, la idea de que el sonido acompaña a una imagen, y no será el único acto profano dentro de una carrera cinematográfica que se retroalimenta en la adversidad (aunque muchas veces haya sido devorada por su propio monstruo).  

Ver hoy Masculino Femenino es una buena prueba para terminar con el mito de las películas fechadas (como si toda la historia del cine no lo estuviera) y para disfrutar de la vitalidad poética y discursiva del mejor Godard, el de los sesenta. 


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