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El imperio de los sentidos (1976)



EL PLACER COMO MORTAL VIOLACIÓN DEL ORDEN

Por Guillermo Colantonio

(@guillermocolant)

Hay por lo menos diez películas que imaginé antes de verlas. Entonces, una vez que las miré en pantalla, en cierto modo, ya las había visto. El imperio de los sentidos es una de ellas. Si la memoria no me falla (lo cual es muy probable), había en Mar del Plata a mediados de los ochenta una especie de cueva en la Peatonal San Martín que se llamaba Mignon. Fue un extraño reducto que alternó gloriosos programas dobles y títulos condicionados. Una vuelta fue a parar ahí la película de Nagisa Oshima. Espiar los afiches en las carteleras, sin poder entrar por cuestiones de edad, me permitía abrir la imaginación a donde quisiera. Así que una y mil veces desfilaron escenas por mi cabeza adolescente en la que una mujer le cortaba el pene a un tipo, lo primero y principal que escuchaba de los mayores clandestinamente, porque hablaban del asunto como si pertenecieran a un servicio de inteligencia. Referían la cuestión pornográfica con sonrisas cómplices y otros detalles que habían visto en una versión, donde lo único mutilado no era solo un pito (pasaría mucho tiempo para que se pudiera acceder a una versión más digna, lejos de la censura). Recuerdo transitar por la puerta del cine, espiando fotogramas. También, el descolorido afiche, como si la exposición a un sol inquisitorio hubiera arruinado su estética. Entonces imaginé/vi la película en esos tonos apagados. Mi primera versión, la mental, daba cuenta de colores que nada tenían que ver con la película real, cuando finalmente la vi en video una década después. Han pasado los años y hoy se estrena sin bombos ni platillos (porque todo sucede así en la actualidad en materia de arte) una edición restaurada con tecnología digital de El imperio de los sentidos. El recuerdo de aquellas imágenes han pasado por el lavarropas del HD, pero la fuerza y la intensidad originales no cambiaron, porque detrás hay un enorme director.

Alguna vez Oshima dijo “Nadie descubrirá la verdadera vida ni el verdadero amor si no se transforma en un criminal violador del Orden”. Se podría decir que El imperio de los sentidos es la historia de dos amantes que tienen sexo hasta morir, de todas las formas y con toda la furia. El único vector posible conduce a la muerte, el corolario perfecto más allá del principio de placer. Como si fueran adictos, los dos personajes (Sada y Kichi, una ex prostituta y un maestro de la casa) se aman con pasión y se dan con todo. Por ende, su entorno se va desdibujando, sus vidas descienden por un embudo donde cualquier atisbo del exterior se vuelve una ilusión. Simplemente no pueden parar. ¿Cuándo se quiebra el juego? Cuando uno de los dos no da más, cuando su cuerpo queda prácticamente seco. Oshima hace su propia versión de El último tango en París (Bertolucci): mientras afuera ocurren revueltas y las cosas se agitan, el adentro funciona como un caparazón de fluidos, un punto de fuga existencial/corporal donde los amantes se repliegan por una única causa, que es la de coger. Y en esa actitud irreverente y egoísta hay un signo que podría extrapolarse a la misma actitud de Oshima respecto de su generación, una suerte de iceberg rebelde ante una tradición nipona que se rechaza con virulencia, acusada de un “humanismo blando”. De allí que buscar sentimientos en la película es como hallar una aguja en un pajar. Lo que verdaderamente cuenta es ocupar cada intersticio de tiempo para el goce, aunque signifique la destrucción como horizonte posible.

El azar y el riesgo son dos modos de invocar a la muerte mientras el placer se adueña del camino. El combo Eros/Masacre que expone El imperio de los sentidos se aleja de modo terminante de historias clásicas de samuráis o de amores rurales o urbanos, es más bien una tragedia instalada en lo cotidiano, una respuesta que abre otras formas de sexualidad cuando la humanidad parece haberse ido al carajo y no queda otra que encerrarse a ver qué pasa con el cuerpo y el deseo. Y esto incluye enterrar viejos tabúes como el incesto. No obstante, será la figura femenina quien erija finalmente como trofeo de eterno placer el pene amputado, un orgasmo definitivo. Y quien quiera ver en esto una reivindicación feminista, se pierde lo mejor: un comportamiento que patea el tablero de códigos morales y sociales, un camino que Sada comienza con su doble condición de prostituta/sirvienta y concluye aristocráticamente elevando su espada. Pero más allá de todas las elucubraciones psicoanalíticas, políticas y culturales que se hagan, estamos ante una forma puramente cinematográfica, estilísticamente al borde de lo irreal, con una paleta de colores vivos, de encuadres sostenidos bajo de un criterio de variación, para que encontremos la mejor posición al mirar, como los amantes buscan las suyas para entrelazarse.

Hay algo hermoso en el nombre y el apellido del director. Oshima significa la gran isla y Nagisa, el límite de las olas sobre la playa. Dos palabras claves en esas imágenes me remontan a la película. El espacio como la posibilidad de una isla, un refugio elegido para el ritual Eros/Thanatos y la experiencia provista de una vitalidad cuyo fundamento es el límite. La tibieza no juega en el cine del gran realizador japonés.

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