Funcinema

El moderno Sherlock Holmes (1924)



LOS SUEÑOS DEL CINE

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Apenas 45 minutos dura El moderno Sherlock Holmes. La película de Buster Keaton sigue al proyectorista de un cine que, acusado de un robo que no cometió (y por eso pierde la posibilidad de salir con una chica), se decide a aplicar sus incipientes conocimientos como detective privado para resolver el caso. Claro, como siempre en Buster, él se toma todo muy en serio pero sus deseos están un poco lejos de sus posibilidades. Y entre lo que se es y lo que se ambiciona, la película elige -mucho antes que John Ford- imprimir la leyenda y construir un relato puntuado por lo mítico, por la iconografía de Sherlock asimilada a través de las herramientas del cine. Porque Buster se queda dormido y sueña que está dentro de una historia del detective, y porque el territorio del cine es el que termina atrapando al protagonista cuando este se mete adentro de la pantalla y sufre las consecuencias formales del arte: esa recordadísima escena en la que cada corte de montaje lo coloca ante un nuevo peligro. Volvemos al origen de este párrafo para destacar la síntesis que logra aquí el Buster actor/director. El moderno Sherlock Holmes habla del cine, del cine dentro del cine, de la fantasía, de los sueños, aplica métodos del surrealismo y todo en 45 minutos. Imaginemos lo que le podría llevar a una película de hoy representar todo esto.

Como siempre en Keaton, El moderno Sherlock Holmes es una película matemática, geométrica. Empezando por los encuadres perfectos y cierta circularidad en el relato, entre imágenes de la ficción que vemos los espectadores, que se reflejan en imágenes de la ficción que está viendo el personaje: Buster mira en la pantalla y aprende de su héroe cómo se debe hacer para seducir a una dama. Pero lo matemático también se traduce en la economía, especialmente en la economía de recursos que Keaton usaba a su favor en la construcción de un personaje prototípico, o en la economía pura y dura: en el comienzo al pobre Buster no le alcanzará el dinero para comprarle un regalo a su amada, lo que marca también un asunto de clases sociales que separa a los personajes. Keaton no era Chaplin, y aquí el asunto de clases es apenas un recurso dramático que le sirve a la película para ponerse en movimiento. Los productores de la película querían que Keaton le agregara once minutos más al film, pero el director estuvo firme con su decisión y El moderno Sherlock Holmes dura lo que dura, que es en definitiva lo que tiene que durar. Coherente con lo que narra, la película es antes que nada una sumatoria de experiencias que la asemejan a un sueño.

Keaton siempre jugó con los límites de lo real, aunque nunca como aquí llevó eso a niveles absolutamente delirantes. En parte, porque el recurso del sueño habilita en buena medida a que las reglas del verosímil se quiebren constantemente. El cine del actor y director siempre se valió de un trabajo de ingeniería para darle entidad a los disparates que se le ocurrían, pero tenía la inteligencia de volverlos parte de la narración y no un mero virtuosismo: es posible que El moderno Sherlock Holmes sea su película con la mayor cantidad de invenciones, algunas propias del montaje y la puesta en escena, otras diseñadas para darle certeza al juego de ilusión que el actor proponía a puro slapstick. La más increíble es esa en la que Buster atraviesa una valija puesta en una ventana y sale del otro lado, disfrazado de mujer para escapar de unos mafiosos. Todo en El moderno Sherlock Holmes es una celebración del cine como un gran espectáculo y, sobre todo, como un espectáculo fantástico, extraordinario, inusitado, algo debe apostar por la pura invención. Por eso el sueño es su lógica, porque allí puede pasar cualquier cosa y son las películas las que logran darle fisicidad a algo que es absolutamente abstracto. La comunión entre cine y sueños, dice Keaton, es perfecta. También, en oposición a la realidad que suele ser absolutamente aburrida.

Comentarios

comentarios

Comments are closed.